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Una joia de tractament
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¿Quién teme a Samuel Ros?
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Trobe que he trobat el meu camí
Quatre qüestions relacionades amb el professorat i l’alumnat
Hi ha una dita prou popular al món anglòfon sobre el professorat: those who can, do; those who can’t, teach. És a dir, que aquells que poden, fan coses (de profit, m’atreviria a afegir); els que no poden, es dediquen a ensenyar. Esta frase podria resumir anys i anys de desprestigi de la professió docent no només al […]
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Músicas para una ópera callejera
Artículo publicado en beckmesser.com el 4 de Mayo 2017 y reproducido en Tipografia La Moderna por gentileza del autor
Fotos: Paco Grau

Escribir algo sobre las músicas que se pueden escuchar en las fiestas de moros y cristianos de Alcoi (o Alcoy, monta tanto) cada 22 de abril, el día en que se producen las correspondientes Entradas, es decir los impresionantes desfiles de las ‘filaes’ cristianas y moras, era para mí desde hace décadas una asignatura pendiente,

o, si se quiere, una especie de agradecimiento al lugar que consiguió hacerme pasar una adolescencia tan feliz que habría de hacer un serio esfuerzo para recordar cualquier conflicto, algo sin duda raro en un período de la formación de los individuos que suele caracterizarse por una existencia plagada de problemas . No tengo el más mínimo recuerdo problemático que pueda datar en los cinco años que pase allí para hacer mis estudios, hace este año ya 50, y sí, en cambio, una larga lista de cariñosas sensaciones recibidas de sus gentes. Fui feliz por completo.

No deja de ser esto muy resaltable, pues la singularidad del lugar ha ido creando tópicos a través del tiempo que se refieren a una ciudad que teóricamente siempre anduvo un tanto escondida por su situación geográfica y geoestratégica. Alcoi tiene un curioso apellido: por la Hoya de Alcoy se reconoce a la ciudad-valle del río Serpis, palabra esta que sirve sobre todo para que el resto del país siga reflexionando acerca de lo buenísimas que están las aceitunas rellenas de anchoa -marca Serpis- que salen de un lugar donde no hay ni aceitunas ni, claro, anchoas: mejor se entiende el asunto de la peladilla, dulce autóctono por antonomasia, pues el almendro es como una fronda arbórea que se extiende desde el puerto de la Carrasqueta hasta Xixona (o Jijona, monta tanto). Sea como fuere, aceituna o peladilla, industria textil, del papel o pesada, el alma de este pueblo único que mira hacia las sierras circundantes, a Mariola y la Font Roja, como si de una especie de aristocrática ciudad dormitorio se tratara, no reside en nada de estas cosas; ni en el paisaje que domina su enclave, absolutamente contundente, ni en su misma personalidad de ciudad encantada, hundida en el húmedo y frío valle. No; el alma está en su fiesta, un vital y esplendoroso fresco de colores, músicas de escandaloso cromatismo y ruidos de pólvora que cada año cobra nueva y renovada vida, y de la que se adueñan las gentes de la ciudad unidas como una piña, como si en ello les fuera su propia y única identidad. Y sí; es una fiesta que cualquiera puede vivir y disfrutar, pero que solo se llega a entender en su auténtica magnitud antropológica si uno ha tenido la suerte de haberse convertido en un ciudadano más del lugar. Yo lo conseguí, hace ya mucho tiempo, pero nunca había extrovertido ese sentimiento hasta haber pintado las canas suficientes para poder repasar acontecimientos lejanos que marcan de por vida.

He podido visitar la ciudad en fiestas este año. Estas comienzan cada 21 de abril, y finalizan el 24. Aunque en realidad el asunto comienza el domingo de Resurrección, con el recorrido que realiza un representante de cada ´filà´ al son de los pasodobles para anunciar el evento. Desde este día y hasta el 21 de abril, Día de los Músicos, tienen lugar las ´filaetes´ todas las noches, o lo que es lo mismo los ensayos previos de las escuadras. Yo viví esa experiencia en primera persona, compartiendo sitio en la escuadra con mi profesor de Matemáticas. Único. La víspera de los tres días grandes de fiesta (22,23 y 24), el llamado Día de los Músicos consiste en un pasacalle de las bandas que participarán en las Entradas del día siguiente, que finaliza en la Plaza de España, lugar donde se encuentra el gran castillo. El sonido es atronador. Llegando así al día 22, Día de las Entradas, es decir, si no el día más importante sí el más interesante, frente al día de San Jorge (23) y el Día del Alardo (24), no apto para oídos sensibles. En este ´día del tro´ los arcabuces rugen. La fiesta, en fin, tiene su origen en la Batalla de Alcoy, en 1276, que enfrentó a los habitantes del lugar y las tropas del caudillo musulmán Al-Azraq. Dice la leyenda que fue San Jorge, a lomos de su caballo, quien decidió la suerte final de la lucha. Se conmemora el evento, desde finales del siglo XIX, aunque hay documentación de los desfiles de antes de 1800. Y hay referencias de concursos de arcabuces, picas y ballestas desde 1550. Las primeras noticias acerca de las actuales ´filaes´ datan de 1672.

Una ´filà´ es una agrupación festera. Las hay de dos clases o bandos: moros y cristianos. En realidad no fue hasta muy entrado el siglo XX cuando empezó a hablarse en serio de ´filaes´, cuando solo desfilaban dos (comparsas), una por cada bando. Hoy hay casi tres decenas, entre las que son de mucha solera la de los Chanos, Verdes, Abencerrajes, Miqueros, Judíos, Llana, etc. en el bando moro, o los Andaluces (conocidos por sus hermosos trajes de contrabandistas), Labradores ( o Maseros), Asturianos, Mozárabes (los conocidos como Gatos), Almogávares, etc. Cada año una ´filà´ cristiana y otra mora ostentan un título especial: el de poseer la capitanía y la alferecía. Capitán y Alferez abre y cierra, respectivamente, cada una de las dos Entradas: la de cristianos, por la mañana, y la de moros, en la tarde. Estas ´filaes´ tienen la particularidad de que, además de hacer desfilar sus escuadras tradicionales, crean una nueva, en realidad las más esperadas todos los años, pues además de ser vistas por primera vez echan la casa por la ventana en materia de diseño de trajes y abalorios. En fin, para que el lector se haga una idea cabal del espectáculo, el orden sería el siguiente:

Mañana: 10.30-15.00 h. Entrada de cristianos. Delante, la ´filà´ del capitán, que abre él mismo. En esta ´filà´ desfila su escuadra tradicional, acompañada de ballets, carrozas y diversos boatos. A continuación desfilan el resto de escuadras cristianas, es decir las que no ostentan la capitanía. Y, para acabar, la del alférez, quien, detrás, y tras su escuadra especial, cerrará el desfile. Un último dato; cada escuadra tiene dos cabos, el de escuadra y el batidor, que va a caballo. Todo el desfile baja en un primer tramo (el más interesante) por la famosa calle de San Nicolás, estrecha, empinada y empedrada en adoquín, con lo que el cabo batidor, a caballo, realiza grandes carreras saludando al público de los balcones y acercando el lomo del animal al cabo de escuadra, que blande al viento un instrumento que, según la escuadra, va desde el martillo al hacha, pasando por una enorme navaja o un mazo de agudos pinchos. Es el auténtico arte de una ópera popular cuyas habilidades se heredan de padres a hijos y se llevan en la sangre a modo de ´adeene´ festero.

Tarde: 17.00-21.00. Exactamente la misma estructura, pero con las ´filaes´ moras. Y con otra diferencia: el carácter de las músicas.

Todo lo expuesto hasta aquí resulta impactante; entra por los ojos como si de una gran ópera sin palabras se tratara. Pero nada de ello tendría sentido, ni sería posible, sin un soporte sonoro único e indispensable. Porque todo en estos días en Alcoi se hace arropado tras una música. La comida –la famosísima y riquísima olleta alcoyana- , la bebida (el maravilloso licor-café que todo lo acompaña), las reuniones en la calle, que rebosan como si fueran a reventar, todo, se hace con música. Como las Entradas, para las que decenas de bandas de música acompañan atrás a las escuadras. Y tan cerca las unas de las otras que casi siempre es imposible escuchar a una sola; los sonidos se entremezclan en una maraña donde timbres diversos, a veces teóricamente incompatibles, se amalgaman en una especie de envoltura rítmica que lo marca todo, unas veces en pausados movimientos de los protagonistas de las escuadras y otras en las contorsiones de los protagonistas de los boatos. Música y espectáculo, así, ya digo, se dan la mano como si de una representación operística sin texto se tratara. ¿Cómo es la música?

Se trata de composiciones dentro de un género específico que la profesora Ana María Botella, de la Universidad de Valencia, especialista acreditada en la materia, ha sistematizado y reunido en tres grupos: las marchas moras, las marchas cristianas y los pasodobles. Es lo que ella llama Música Festera, asunto sobre el cual ha publicado varios artículos indispensables. No es este el momento y el lugar adecuados para teorizar acerca de la evolución del repertorio, pero daré algunas pistas. Parece que el primer compositor que escribió específicamente para la Fiesta fue Juan Cantó Francés, quien en 1882 escribió un pasodoble llamado Mahomet, una música de ritmo pausado y poco militar. Este tipo de composición se utilizó al principio indistintamente para las Entradas de moros y de cristianos. En 1904 el maestro Camilo Pérez Laporta escribió para la ´filà´ de los Abencerrajes la que seguramente es la primera marcha mora, es decir, una música de perfume claramente árabe. Sin embargo, hay especialistas que consideran a Antonio Pérez Verdú (1875-1932) como el verdadero pionero en la composición de marchas moras, es decir, piezas que se apartaban claramente del mundo del pasodoble. Es a partir de aquí cuando se empieza a utilizar la percusión. A medida que avanza el siglo XX, la percusión se adueña de todo en los desfiles, impregnando la atmósfera sonora general de una fuerza más arcaica que estética, entendiendo este término como motor de la llamada música culta.

Las bandas que interpretan estas músicas, para las cuales están escritas de manera exclusiva, están integradas básicamente por instrumentos de viento (madera y metal), pero es esencial la percusión (sobre todo en el repertorio moderno), que es rica y muy variada, con, por los menos, dos parejas de timbales, bombos y un par de gongs, más látigos, cajas chinas, panderetas, panderos, cencerros y algún que otro diseño de instrumento autóctono. La suma de los instrumentos de viento madera y percusión dan un resultado sonoro agresivo pero muy personal, y los instrumentos de metal constituyen el verdadero soporte armónico, que es siempre de un cromatismo al borde de lo imposible. Pero lo más sorprendente de todo en estas agrupaciones musicales es la increíble técnica de sus músicos como ejecutantes, que tocan muy fuerte pero muy bien; la calidad del sonido es, ciertamente, exagerada para los estándares de las bandas al uso. Es, en general, una música de escritura melódica lineal y sencilla, sin grandes homofonías, bastante llana, pero que dibuja el aire con una gran fuerza expresiva. Hay que decir que el pasodoble o la marcha mora a veces se combinan con arreglos de piezas de música clásica muy celebradas: este año, por ejemplo, se pudo escuchar un espléndido arreglo de la Fanfarria de los Gonzaga de la ópera Orfeo, de Claudio Monteverdi.

En resumen, se trata de una experiencia única de fiesta local, pero que por construir un entorno de color, diseño y sonido que se renueva continuamente y permanece en el tiempo de forma incólume, adquiere un tono que se podría calificar de universal. Todo un ejemplo glorioso de cómo un lugar pequeño y en cierta medida escondido puede irradiar tal cantidad de creatividad. Háganme caso: alguna vez en su vida pásense por Alcoi en tiempos de fiesta. No se arrepentirán.

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