Hoy, por fin, he aprendido a jugar al ajedrez pues, ¿cómo no iba a aprender, llevando seis meses aquí metida? Ha salido el sol, lo que significa que la enfermera ha podido dejarme salir al patio a jugar con los demás niños; hacía ya unos días que no paraba de llover, y lo he agradecido mucho. Ayer fue un día un tanto complicado, pero, como siempre dice la enfermera, por muy difíciles que se pongan las cosas, saldré de ésta. Y yo prefiero pensarlo así, al fin y al cabo, sólo es un “bichito”, ¿no?
O eso pensaba. El día que mis padres me contaron que debía ir al hospital porque algo estaba atacando el interior de mi cuerpo, pensé que en poco tiempo volvería a encontrarme bien y me quedaría en casa. De hecho, días antes estuve haciendo vida normal, como cualquier niña de nueve años.
Antes de venir aquí, solía ir a patinar por las tardes a la pista de patinaje, pero al “bichito” que vivía conmigo no le parecía bien. Por su culpa, llevo dos semanas sin poder ir al colegio, sin ver a mis compañeros, sin patinar, ni cocinar con mamá y ni si quiera poder jugar con mi hermana. Creo que le debe tener envidia a Claudia, por eso me tiene en esta habitación aburrida llena de máquinas, porque quiere que juegue con él. Lo que pasa es que yo no quiero seguir conociéndolo, pero estoy segura de que en unos días se irá, y por fin me dejará tranquila.
Cierro el diario. Mis manos tiemblan al pasar los dedos por la última página escrita con su pequeña letra.
Al ver esa pregunta retórica, sólo deseaba poder decirle que ella es mucho más fuerte que ese “bichito”; de pronto, sólo quedaba un espacio en blanco que jamás se llenaría.
Respiro hondo, pero el aire me pesa más que el vacío que ha dejado en el interior de esta habitación. Miro la cama vacía y, al lado, el sillón donde tantas noches hablábamos de todo lo que haríamos al salir de aquí. Deseábamos poder viajar por Europa, ir a la playa en verano, comer helado hasta tener dolor de cabeza o algo tan simple como salir a pasear juntas sin depender de nada o de nadie.
Mi hermana ya no está. Pero su voz sigue aquí, atrapada en las páginas de su diario. Y mientras lo lea, mientras recuerde sus palabras, una parte de ella nunca se irá.