En una famosa casa de subastas se llevó a cabo una vez la subasta de una obra cuya peculiaridad y máximo valor se debían a que su autor no era un artista, sino un ordenador. El cuadro – un retrato – era el producto de un algoritmo creado a partir de millones de datos recabados de obras pictóricas realizadas a lo largo de los últimos siglos por pintores muy reconocidos. Un ejercicio novedoso, un experimento notable de inteligencia artificial. Desde entonces el fenómeno no sólo no ha cesado, sino que sigue ofreciendo con una periodicidad creciente nuevos episodios.
Más allá de tanto lugar común como se agolpa al entrar a comentar un hecho así – si la máquina nunca podrá “crear” de verdad, si la magia del artista nunca podrá ser sustituida, si la máquina sólo copia, si una obra así será mecánica y nunca albergará el soplo de un alma, y tantas zarandajas de este estilo – la reflexión pertinente es acerca del lugar que ocupa el artista en el fenómeno del Arte. No se trata de si la máquina puede realizar un retrato que dé el pego. La pregunta interesante es si ese cuadro mecánico es capaz de suscitar en el espectador una auténtica pasión. Pues bien, la respuesta es que sí.
Una obra realizada por una máquina puede suscitar en el espectador todas esas actitudes y reacciones que se suponen o se suponían patrimonio exclusivo del arte hecho por artistas. Arte y artistas al uso. Pero el arte ha evolucionado tanto, ha forzado tanto sus costuras, ha llevado sus límites tan al límite que puede estar ahora siendo víctima de sus excesos y de su impenitente narcisismo autista. La libertad, aunque sea un concepto con tan buena prensa, aun comportando que cualquier cuestionamiento de la misma convierte a quien osa hacerlo en un retrógrado o un pobre pacato, también puede incurrir en excesos, también puede llevar a la perdición.
Uno de los lugares a los que ha llegado el Arte en su indesmayable camino ajeno a cualquier corsé o cualquier sometimiento a cualquier intento de gobierno es al cuestionamiento mismo no ya del sentido u objeto del Arte, sino de aquello en que cristaliza, esto es, la obra. Hay artistas que dicen prescindir de la obra, ese objeto superfluo, necesariamente limitado, que se revela incapaz de contener o trasladar la esencia profunda del Arte. Hay artistas que aspiran a serlo per se, porque sí, artistas que lo son sin otra razón que serlo y no necesitan por tanto realizarse en obras.
La obra se vuelve algo menor, incluso entre aquellos artistas que no prescinden de ella. La cuestionan, minimizan su trascendencia, y sobre todo la quieren y consideran poco consistente, de carácter algo etéreo, efímero. La obra se vuelve casi gesto, en ocasiones sólo y literalmente gesto (happenings, performances, instalaciones…) Cabe pensar que esa digamos devaluación de la obra no va aparejada a una devaluación equivalente del artista, lo que podría considerarse coherente, sino antes al contrario supone la propuesta quizá arrogante de que el artista, como decía antes, lo es per se y sin más, y no acepta la limitación evidente de tener que producirse y darse en obras. Las obras, al cabo, son objetos inertes y se llevan mal con la dinámica esencia del Arte puro, con su constante efervescencia. Los museos son el cementerio del Arte, salas frías con vitrinas llenas de mariposas quietas para siempre sobre un panel de corcho. El Arte es llama, es deflagración, y eso lo saben y lo hacen saber sus sumos sacerdotes, y con eso parece bastar. (Cabría recordar que a veces no queda otra que bajar al suelo y dejar sobre él algunas obras, con su volumen, su textura, su presencia física, y con su etiqueta con el precio: se puede y hasta acaso se deba ser artista per se, pero de algo habrá que vivir, algo habrá que vender, más allá de una imagen y una puede que peculiar manera de posar la mirada sobre las cosas, sobre el mundo y la vida. O eso, o buscarse directamente un hueco de influencer en alguna red social, otra manera, quizá la más genuina, de vivir sólo por ser uno quien es.)
Bien, regresando al tema. Un ordenador con los algoritmos adecuados es capaz de realizar una obra de apariencia indistinguible de la de cualquier pintor de verdad. Al margen de cualquier margen supongamos que ponemos a un espectador que ha permanecido ajeno a las circunstancias en que fue realizada delante de dicha obra. Si el espectador presenta en ese momento la sensibilidad exigible y necesaria para dejarse ganar por el Arte, entonces experimentará o una convulsión de belleza o una simple apreciación de la técnica o de la composición o de lo que se quiera, según sea su formación y el grado de esa sensibilidad. Ello significa que la magia del Arte, lo que habría de ser su auténtica esencia, ha salido indemne del truco, el trampantojo o el atropello: el Hecho Artístico se ha vuelto a producir, ha vuelto a unir en una relación virtuosa al Arte con su destinatario. Sólo el artista ha abandonado la ecuación.
De cualquier modo, este razonamiento parece un simplismo, o una injusticia. No se puede reducir el Arte – ni al artista – y hacerlo caber en fórmulas tan estrechas y monocromas. Y además, si se acepta como deseable la práctica tan ejercida por los artistas de elucubrar, investigar, prospectar territorios ignotos, la búsqueda incesante, ir siempre más allá, más allá de allá y de todos los allás, entonces hay que convenir que eso comporta riesgos evidentes, y entre ellos aparece como uno de los primeros y más difíciles de evitar el incurrir en el prurito de la novedad por la novedad, de la ruptura porque sí, de aceptar como propuesta osada pero también fundada lo que al cabo no es más que ocurrencia. Las ocurrencias, si cuentan con un autor con la imagen adecuada, con el favor de un crítico influyente y con los buenos oficios de un marchante que coloque bien la obra en el mercado se convertirá sin mayores problemas en una obra magnífica. (Al fin y al cabo, el conjunto –no muy numeroso, quizá – de monitores que ejerce su función en este negociado es quien decide cuestionar o encumbrar. Fuera de su criterio estamos todos los demás, es decir, nadie.)
Así que no descabecemos tan gratuitamente al artista, no lo eliminemos absolutamente de la ecuación. El mundo del arte puede pervivir sin su concurso – si damos pábulo a estas pirotecnias de Sotheby’s, Christie’s etc – pero el Arte es mucho más humano – con todo lo que el adjetivo acumula en sí, ese enorme y poliédrico significado y todas sus connotaciones – cuando son los artistas quienes se ocupan de hacérnoslo llegar. Perdonémosles, pues, sus excesos, concedámosles algo así como esa fórmula exculpatoria para tontos que no son conscientes de su responsabilidad, “Dios mío, no saben lo que hacen”. A veces caen en la arrogante ceguera de no vernos, pero seguimos estando ahí. Desde los tiempos de Altamira.