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Diversitat cultural
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InfoMigjorn dedica un número especial a Joan Valls
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Pienso en cómo será Una mañana me despertaré y haré todas esas cosas que se hacen por las mañanas todo lo deprisa que uno puede cuando no quiere llegar tarde. Saldré de casa con el tiempo justo y echaré a andar en la dirección acostumbrada, sin evitarte, sin temerte al doblar cada esquina, in reparar […]
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Enviciados con el kitsch
Una reflexión preocupada sobre la resurrección del festival de Eurovisión
Javier Llopis, 15/05/2018

Audiencias millonarias; tratamiento vip en las teles, en los periódicos y en las radios;  columnistas de postín haciendo las crónicas; sesudos debates en todas las tertulias y un chaparrón de adjetivos épicos que para sí quisieran los grandes asuntos de Estado. El festival de Eurovisión es la prueba fehaciente de que cuando los medios de comunicación se empeñan en vendernos algo, son capaces de inundar el mercado hasta con el peor material de saldo.

Esta competición de gorgoritos ha hecho un extraño viaje de ida y vuelta. Los más viejos del lugar todavía recordamos las etapas iniciales de éxito en blanco y negro, coronadas por el triunfo de Massiel, que fue tratado por el franquismo como una victoria bélica, que confirmaba “la modernidad” del régimen en medio de un panorama internacional que nos consideraba (con toda la razón del mundo) un país cutre y siniestro. Luego, con el paso del tiempo, el certamen fue languideciendo, desapareciendo del primer plano hasta convertirse durante un par de décadas en una frikada residual que sólo era seguida por un reducidísimo grupo de fieles. De repente, llegó una inesperada y espectacular resurrección. Eurovisión volvía a ser un fenómeno de multitudes y sin saber exactamente por qué, millones de españoles nos encontramos sentados ante un televisor en la noche de un sábado de mayo, discutiendo apasionadamente sobre timbres vocales y modelitos de lentejuelas.

El festival regresó de entre los muertos y resulta muy difícil explicar las causas de este fenómeno paranormal. Básicamente, al espectador se le ofrece  lo mismo de siempre: baladas previsibles, canciones con estribillos pegadizos hasta la náusea, montajes modernillos con cierto aroma de festival de fin de curso y propuestas de espectáculo audiovisual que ya eran viejas cuando los Rolling Stones llenaban estadios en las últimas décadas del siglo pasado. Si no hay una mejora en la calidad de la oferta, ¿cómo demonios se puede explicar el abrumador éxito de esta milagrosa recuperación?. Este interrogante sólo tiene una respuesta: el marketing.  Estamos ante una operación comercial magistral, que debería estudiarse en todas las universidades. Los responsables del “redespegue” de Eurovisión han logrado colocar en el mercado un artículo apolillado y aparentemente inservible, que al final se ha convertido en una cita televisiva obligatoria para todo un continente. Han transformado este evento hortera en una gran celebración del kitsch, consiguiendo que millones de espectadores se sumen al acontecimiento armados con una visión irónica del mismo, asistiendo al desfile de concursantes con la misma expectación con que se asiste a una función de circo. Aquí, la música ya pinta más bien poco; esto es un show de variedades en el que uno atornilla el culo al sofá para disfrutar del morbo, para ver quien la hace más gorda y así poder echar unas risas con los amigos.

Entre comentarios jocosos y sensación de vergüenza ajena, acabamos enviciándonos. El mes de mayo estaría incompleto sin este carnaval de siliconadas vampiresas ucranianas capaces de romper una copa de vidrio con sus notas agudas. La primavera perdería uno de sus principales alicientes sin la visión de esos galanes azerbaiyanos de ojos tristes, que nos hacen llorar con sus melodiosas baladas sobre amores imposibles en algún bosque perdido del Cáucaso. El mundo no sería igual sin la presencia de esas empalagosas parejas chipriotas de chico y chica, que son capaces de combinar la interpretación de una canción con toda clase arrumacos románticos. Nuestra salud acabaría resintiéndose si nos viéramos privados del ejercicio anual de discutir sobre las cualidades de los representantes de España, alineándonos inmediatamente en uno de los dos bandos obligatorios: los que piensan que son una castaña infumable indigna de cantar en las fiestas de una urbanización de Daimuz y los que aseguran que son unos genios sólo comparables a los Beatles y que han quedado en el último lugar a causa de una oscura conjura internacional.

Posdata. En las televisiones españolas (las públicas y las privadas) no queda ni un solo programa dedicado a la música clásica. El rock ha desaparecido de la programación como si alguien hubiera decretado su prohibición. Del jazz, mejor no hablamos. Las músicas autóctonas malviven en los peores rincones de las parrillas de las teles autonómicas. Y a pesar de ello, millones de personas no concentramos cada año ante la tele para contemplar  entusiasmados una competición entre canciones en la que en la mayor parte de los temas interpretados no alcanza ni los niveles mínimos exigibles de calidad. Esto es un misterio, esto es puro vicio.

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