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Cultura
El Llevant UD homenatja la República
La segona equipació de la temporada 19/20 del Llevant homenatja a la del 1937, any que guanyaren la Copa de la República
Allà pel 18 de juliol de 1937, a l’estadi de Montjuïc, s’enfrontaren el València i el Llevant per tal de guanyar la Copa de la República, o també anomenada ‘Copa de la España Libre’. Un trofeu que, a dia de hui, la RFEF encara no l’ha reconegut com a oficial. Ja que per a ells […]
Cultura
Banda de música de la Creu Roja (Alcoi 1919 – 1931)
La mostra s’inaugurarà el proper divendres 12 de juliol a les 20’00 h i es pot veure fins el 31 de juliol en Fundación Mutua Levante, Plaça d’Espanya, nº 15
Aquest any s’acompleixen cent anys de la creació de la banda de Música de la Creu Roja. En 1905 es va fundar la banda de música lírico Moderna que es va nodrir principalment de músics de la banda de la Sociedad del Trabajo. Més tard, en l’estiu de 1919 va ingressar en la Delegació de […]
Cultura
Diccionari [de butxaca] nos los quitan de las manos
Diccionari [de butxaca] tan terapéutico como el oli de perico, tan bizarro como els collons de mico y mucho más caliente que un jarset
Si cediste tu primogenitura por un sumo de níspero, si desafiaste l’airuset de mediados de Enero, si le tocaste la bajoca a alguien o aceptaste que te la tocaran sin amor, si hiciste una gira de llit faltando a tus deberes conyugales,
Cultura
Gabo
Un adiós literario al nobel de literatura y padre del realismo mágico.
Carlos Merchán, 21/04/2014

En el libro de literatura española de COU, un tocho importante pero de buenas formas, estaban ellos. Muy al final, en una especie de apéndice que cerraba la asignatura. El Boom hispanoamericano. A juzgar por el poco espacio que le concedían los autores del manual, el Boom no debió resultarles demasiado explosivo. A nosotros sí. Eran muchos los que le daban otra vuelta de tuerca al castellano, los que le daban la vuelta al calcetín de una realidad donde las señoras podían salir volando por los aires, un gitano con un imán podía hacerse con todos los metales del pueblo o dos guantes podían enamorarse agarrando la barra de un autobús. Eran muchos, pero eran Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez los que compendiaban el nuevo mundo escrito con palabras que estaba naciendo y éramos la primera generación que lo disfrutaba. Después de la gran literatura española, la del noventa y ocho, la del veinte siete, la de los treinta, los cincuenta, los nueve novísimos, estaban ellos. En América estaban reinventando y reventando la literatura española y nosotros nos dimos cuenta enseguida. El calor caribeño estaba en las aulas y hablábamos de cronopios, de ciudades y perros y de famas, de muertes anunciadas al tiempo que, con mejor o peor fortuna, intentábamos levantarle la falda plisada a las bellísimas lunas del instituto femenino cercano. Noches de verborrea y adjetivos y neologismos y cigarros furtivos envenenados de literatura. Corrían los años finales del setenta. En el ochenta y dos le dieron el nobel a García Márquez y todos nos vestimos, con un estremecimiento de tormenta tropical, el liqui-liqui blanco como el paredón donde, en trance de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía hubo de recordar la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Nosotros ya conocíamos lo que era perderse por la niebla de Macondo como otras generaciones se perdieron por el Yoknapatawpha County de Faulkner.

Unos días antes de su muerte soñé que moría García Márquez y que se desplomaba el ala oeste del instituto nocturno donde intentaron desasnarme. Desperté convencido de su muerte y empecé a escribir mentalmente y aún en la cama esto que ahora escribo, más despierto y más triste. Encendí la radio. Al escritor le habían dado el alta y me maldije por agorero. El sueño, más que una premonición, era la crónica de una inminencia anunciada.

Decía el maestro entre otras muchas cosas que ideó la gigantesca catedral de su cabeza, que uno envejece cuando empieza a parecerse a su padre. Yo también creo que uno envejece cuando empieza a perder a los mitos que le medio formaron y hoy, un servidor y sus coleguitas de instituto, trapisondas y sueños de tinta y papel, somos severa, tristemente más viejos. ¡Qué solos nos dejan los muertos!

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