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«Los gallinazos sin plumas» (1954) de Julio Ramón Ribeyro

 

En lo sucesivo, un hito de la literatura urbana ocupa nuestra atención tras atravesar el inmenso Océano Atlántico hace ya unas cuantas décadas; obra de un hombre venido del Nuevo Mundo.

El cuento neorrealista Los gallinazos sin plumas (1954) de Julio Ramón Ribeyro ((Lima, 31 de agosto de 1929 – 4 de diciembre de 1994) constituye una denuncia social de lo abusivo y deshonesto que se supedita en la ciudad de Lima durante la década de 1950. Sumida en la miseria, alcanzamos a ver una población de individuos resignados a una explotación abominable y salvaje desde la niñez; anónimos de una fábula que expiran en una eternidad de olvido.

Años más tarde, encontramos el susodicho cuento en La palabra del mudo (1972) haciendo honor a lo que el título de la compilación predica: ceder espacio y voz a los individuos desdichados, marginados y oprimidos de la sociedad y por la sociedad, los del muladar en Los gallinazos sin plumas.

Así pues, eficiente, Ribeyro compagina el hábil manejo de la ambigüedad con frases inteligibles y sin sentidos ocultos en el género del cuento; brinda una literatura al alcance del público en general. El rechazo de la ostentación formal y el hecho de curtir la cuentística, marcada por un estilo tan personal y de signo opuesto a lo épico, le valió, a la sazón, ser excluido del boom de la literatura hispanoamericana (1969-1970) pero no su desestimación a día de hoy, pues ha sido rescatado y se alza como un clásico de la literatura en lengua castellana.

Por si fuera poco, Ribeyro utiliza técnicas de corte neorrealista, ya que, sin ser descrita minuciosamente, vemos la ciudad peruana a través de lo que viven los personajes, inmersos en una atmósfera turbia, y mediante una serie de expresiones propensas a la ambigüedad y la insinuación. A parte de abundar el verbo parecer y un juego de miradas que se intensifica a medida que avanzamos al final de la narración, apuntamos: «una fina niebla disuelve el perfil de los objetos», «una especie de organización», «verduras ligeramente descompuestas», «una pera casi buena», «como si quisieran», entre otras.

Todo nos llega atravesado por un halo mágico en virtud de unos símbolos a destacar que estructuran el cuento. El relato se condensa entre las horas celestes y nos adentraremos en lo más íntimo de los niños protagonistas, los hermanos Enrique y Efraín. Todo se desenvuelve en el interior de una ciudad costera: «una larga calle ornada de casas elegantes que desemboca en el malecón».

Por ende, diferenciamos un primer apartado introductorio, donde el punto cardinal es el muladar, espacio vetado del hostil ambiente familiar. Sabemos cómo despierta la ciudad: «A las seis de la mañana, la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos». Del comienzo, advertimos una ciudad concebida como un ser viviente y se nos indica el inicio de una evolución.

La ciudad alberga personajes: los de comparsa, como son basureros, beatas, policías o los canillitas, niños que venden periódicos en la ciudad a primera hora; el antagonista, es decir, el abuelo don Santos, que parece un pirata, pues «el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear»; y los niños protagonistas, los hermanos Enrique y Efraín.  Bien pronto advertimos a los niños limeños obligados a trabajar en ese paisaje urbano de desolación.

Los dos hermanos son obligados por el abuelo a recoger basura en el muladar para alimentar al cerdo, Pascual, que tienen en el chiquero de casa y que les usurpa el lugar que les correspondería. Cabe añadir que llama la atención la animalización de los niños como animales salvajes, es decir, tenidos como extraños a la familia y amenazantes para el ser humano, y la personificación de los animales sin perjuicio de las venideras conversiones en monstruos tanto de humanos, don Santos, como de animales, el cerdo, que se volverán unas auténticas amenazas definitivamente en el tercer apartado.

Este primer apartado concluye en el siguiente párrafo:

Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.

Además, cabe destacar del primer apartado el símbolo «la hora celeste», la del primer amanecer, la referida a la inocencia de la niñez. Cuando «llega a su fin», los niños a su hostil casa con el abuelo tras la jornada de trabajo.

Seguidamente, el apartado segundo abarca hasta la frase. «Por último reingresaba en su cuarto y se quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual». Ahora, el punto cardinal está en la casa, espacio de opresión, pero, más en concreto, en la habitación de los niños.

También leemos una serie de elementos que nos anticipan, avisan y participan de la catarsis mediante un desdoble del «yo» mediante Enrique y Efraín: aquél, como decisión de superación; éste, como tentación de fracaso. Efraín, que ya apuntaba maneras en el muladar cuando «gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en el desfiladero y hacían desprenderse los guijarros que rodaban hacia el mar», se hirió en el pié y corre el riesgo de quedarse cojo como su abuelo. «La infección había comenzado». A medida que avanza el cuento, Efraín tendrá el pie más asqueroso.

Entre tanto y tanto, comienzan las significativas miradas del abuelo que van intensificándose hasta el final del cuento y el temor de Enrique, quien verdaderamente se enfrenta al abuelo, empieza a ser extraño ante un abuelo que se vuelve un monstruo, se deshumaniza, en las noches de luna llena.

Por último, el punto cardinal del apartado restante es el chiquero. «Pascual lanza verdaderos rugidos» y Enrique da con el perro al que llamará Pedro, con quien se dará un simbólico acto de amor por parte de Enrique: «¡No le hagas nada, abuelito! Le daré yo de mi comida».

La esperada culminación de la catarsis de Enrique, quien va ganando protagonismo a lo largo del cuento, vence al temor y a la tentación de fracaso cuando le propicia un duro golpe al abuelo, quien esquivaba su mirada para no responder al porqué requerido de su nieto: «Por qué has hecho eso?». Pascual devoró al amoroso Pedro y al odioso don santos.

Acto seguido viene la enseñanza:

-¡Pronto! -exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano -¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha caído al chiquero! ¡Debemos irnos de acá!

-¿Adónde? -preguntó Efraín.

-¿Adonde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!

-¡No me puedo parar!

Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.

Enrique y Efraín pasan hambre y no reciben amor. Hay una asociación entre el hecho de buscar comida que alimente y el de buscar amor; comida (alimento) y amor.

En otro orden de cosas, a la luz del léxico del cuento, podemos analizar una dicotomía entre comida-amor y asco-odio, una interesante dimensión metafísica a añadir.  El campo semántico de la dicotomía asco-odio abunda: «basura» y «cubos de basura», «desperdicios», «ojos legañosos», marrano, tomates podridos, «pedazos de sebo», «extrañas salsas que no figuran en ningún manual de cocina», «chiquero», «escobillas de dientes usados». Incluimos: «Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de excrementos, de materias descompuestas o quemadas»; «carroña», «periódico amarillento», «enfermos», «podrirse» o «muladar», a parte de la infección del pie del pequeño Efraín.

No solo cabe asociar la violencia al asco-odio, sino también el maltrato físico y psicológico y todas aquellas palabras que nos recuerden a guerras y batallas: «misteriosa consigna», «zurrarlos»; «un vidrio le había causado una pequeña herida a Efraín» y «manos manchadas de sangre»; «don Santos echaba fuego por los ojos» y parece un pirata y berrea… La miseria brilla por su esplendor, tanto la material como la espiritual.

En conclusión, el cuento contemporáneo Los gallinazos sin plumas se aparta del realismo descriptivo decimonónico en tanto que lo rebasa un realismo de interior donde lo metafísico y lo ambiguo e insinuante acaban por encasillarlo en el neorrealismo.

Ciertamente, hemos abordado el análisis del texto a través de aspectos estructurales y estilísticos sin necesidad de valorar su porcentaje de perfección según modelo alguno. Asimismo, valioso ha sido rescatar a Julio Ramón Ribeyro y sus gallinazos sin plumas de entre la cruel condena que acecha al hombre en la laguna de la memoria no solo por su neorrealismo, sino por su enseñanza.

La catarsis de Enrique, precedida por la tentación del fracaso personificada en Efraín, se vislumbra en un viaje hacia lo más hondo de nuestro ser para después sacar un fruto del amor al prójimo como a uno mismo: la asunción de responsabilidades y la salvación del necesitado para combatir en las sucesivas y constantes batallas que trae la vida, con su apertura y cierre de etapas.

Recomiendo consultar los trabajos de la doctora Eva María Valero Juan (UA) a quien desee profundizar en la obra del cuentista Ramón Ribeyro. Con el presente estudio, simplemente he aportado algunos aspectos interesantes que ofrece el cuento en cuestión. Destaco en especial las dicotomías que he apreciado: odio-asco y amor-comida.

No se puede negar que el cuento Los gallinazos sin plumas de Ribeyro es una obra maestra.

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