Cuando en 1885, la Sociedad El Panerot decidió recuperar esa cabalgata de Reyes que el pueblo de Alcoy, con mucho esfuerzo, había realizado en 1866, difícilmente podían imaginar que, aquella iniciativa local, acabaría proyectándose a todo el país. No eran tiempos sencillos: la ciudad crecía industrialmente, pero lo hacía a costa de una clase trabajadora explotada, con jornadas interminables y una infancia atrapada entre máquinas y chimeneas.
Bien sabemos que nuestra cabalgata es una fiesta que nació del mismo pueblo, con la intención de sacar a la población infantil de las fábricas, y dedicarles un día de fiesta a aquellos que perdían la infancia entre máquinas y chimeneas.
Pareu batans i telers, i fabriques de paper.
Sí, esa fue la intención. Pero había un problema. Quienes iban a formar parte de ese desfile iban a ser los mismos trabajadores con los que los niños compartían jornadas de trabajo. En aquel momento, la mejor solución fue la de tomar el carbón y el hollín de las chimeneas para pasar desapercibidos y evitar ser reconocidos. Una fiesta que nacía del pueblo para que la infancia se olvidara del trabajo por un día no iba a tener el apoyo de la burguesía ni mucho menos, por lo que tenían que ser los mismos padres los que se hiciesen pasar por los ayudantes, y con aquello que tuviesen más a mano.
Desde hace unos años, cada vez que llegan las fechas navideñas, vuelve la eterna polémica del blackface de la cabalgata. Otro año más, Alcoy es acusado de racista por pintar a sus pajes de negro. Pero, si viajamos al 1885, un Alcoy obrero, explotado por los empresarios, no podía ser racista. Quienes organizaron la cabalgata no tienen la culpa, y quienes la seguimos haciendo, tampoco. Pero porque nosotras y nosotros ya hemos nacido con la figura del paje ampliamente consolidada como la de un ayudante de los Reyes, que es ídolo de niñas y niños, y que ha perdido por completo su trasfondo. Pero hay que asumir que su estética es fruto de una fórmula que, con el tiempo, no es la correcta, aunque tenga la mejor de las intenciones.
Las tradiciones son herencias de las sociedades del pasado, pero también han de ser reflejo de las sociedades del presente. El pueblo que hoy tenemos en Alcoy no es el mismo que había en 1885. Miremos a nuestro alrededor. El tiempo continúa. El mundo evoluciona y has de evolucionar con él. La cabalgata de Alcoy hace muchos años que dejó de ser ‘de Alcoy’, para abrirse al mundo, y eso hay que acogerlo con los brazos abiertos.
Siempre ha sido una ciudad avanzada a su tiempo. Si no lo hubiese sido, no hubiéramos sido la primera ciudad industrializada del territorio valenciano y una de las más importantes a nivel nacional. No hubiésemos sido la ciudad que vio estallar la primera revolución proletaria, la del Petroli (1873) para conseguir una jornada laboral de 8 horas. Esos trabajadores que protagonizaron el primer movimiento ludista de destrucción de máquinas (1821) para no ser sustituidos por ellas. O esas jóvenes alcoyanas de la fábrica de papel de fumar de Bambú, ‘les bambuneres’, que en 1945 se plantaron ante los empresarios e hicieron la primera huelga feminista de la España de la postguerra, y en plena dictadura franquista.
Somos una ciudad pionera en muchos sentidos y con una historia de progreso para sacar pecho. Y ahora somos la generación que nos toca hacer un pequeño cambio, que no ha de verse desde el miedo, sino desde la belleza y la ilusión por seguir haciendo grande nuestra fiesta de Reyes. Donde hay magia, siempre la va a haber, aunque hagas alguna modificación. Y no hay mejor forma de honrar a aquel Alcoy industrial y a la Sociedad El Panerot que haciendo de nuestra cabalgata un espejo del presente y un ejemplo para el futuro. Seamos conscientes de la joya que tenemos y la responsabilidad tan grande.
Detengámonos y escuchemos bien. Nadie quiere eliminar a los pajes; la solución no es borrar, sino transformar. De ahí surge la pregunta: ¿y si los pajes fuesen dorados? Manteniendo los gorros, faja y escaleras rojas, pero dorados.
Presentamos una nueva propuesta para estos personajes tan queridos; unos pajes áureos que nacen del polvo de la Estrella de Belén, y que sólo adquieren forma humana si, quien los busca, tiene Humanidad en su interior. Y los presentamos en forma de cuento en dos partes: su aparición durante la Epifanía y su llegada al Alcoy industrial.
Un relato y una estética que, nosotros, personas particulares, nos hemos encargado de registrar con Derechos de Autor, y que, desde ese mismo momento, los pajes áureos son por y para Alcoy.
Porque sí podemos hacerlo. Sí se puede cambiar, sin perder la tradición, pero ganando en dignidad.
Esperamos que os guste el relato. Con nuestros mejores deseos y una ilusión renovada por los Reyes Magos de Alcoy; los de verdad.
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Primera parte
Decían las gentes de Oriente que, en los confines del desierto, donde la arena se confunde con el horizonte y el tiempo parece dormido, vivían tres sabios astrónomos.
Melchor, de barba nívea y mirada apacible, era el mayor de ellos. Había dedicado su vida al estudio de los cielos.
Baltasar, de tez oscura y ojos profundos, era valiente de corazón y sabio en las palabras.
Y Gaspar, el más joven, lucía cabellos y barba de un tono cobrizo, como el fulgor de un corazón que se niega a dejar de amar.
Cada año, los tres se reunían en palacio para contemplar el firmamento. Desde allí observaban las estrellas, que titilaban como perlas sobre un manto azul de seda.
Sin embargo, aquella vez, fue distinta. Una luz repentina rasgó la negrura: un destello dorado, breve pero intenso, que iluminó todas las estancias del palacio.
Casi flotante sobre la brisa, apareció un nuevo astro en el cielo. No era una estrella común: su resplandor era tan intenso que parecía latir con vida propia, y de su centro surgía una larga cola dorada, que trazaba un camino de polvo de oro y purpurina.
Los tres sabios se miraron en silencio.
– Si las antiguas escrituras son ciertas – murmuró Melchor -, este signo anuncia el nacimiento del Rey de los reyes.
Y como si hubiese escuchado la profecía, el astro comenzó a alejarse.
– Sigámosla – propuso Baltasar.
Gaspar se volvió al embajador real.
– Enjaezad los camellos, partimos sin demora.
Durante semanas avanzaron entre dunas y montañas, guiados por aquella luz que, mágicamente, detenía su marcha cuando los tres pernoctaban en sus tiendas.
Una noche, exhaustos, detuvieron su caravana, algo perdidos, sin saber muy bien cómo continuar. Y fue entonces cuando sucedió el prodigio. La estrella parpadeó con fuerza, y de su cola luminosa se desprendieron chispas doradas que descendieron sobre ellos como una lluvia cálida. Al tocar la arena, aquellas chispas se transformaron en pequeños seres sonrientes, de piel áurea resplandeciente y ojos de un brillo infantil. Vestían gorros y faldillas rojas.
Melchor, asombrado, se inclinó ante ellos.
—¿Quiénes sois?
—Somos vuestros ayudantes, nacidos de la estrella que seguís para guiaros.
Aquellos seres los acompañaron en la travesía, preparando el campamento cada noche.
Al llegar a las puertas de Belén, Melchor, Baltasar y Gaspar detuvieron la caravana.
– Ahora es vuestro turno – dijo Melchor a los ayudantes -. Necesitamos que encontréis al Niño que buscamos. Recorred todos los hogares de Belén hasta que deis con él. Procurad que no os escuchen.
– Podéis confiar en nosotros.
Esperaron a que todos durmiesen. Y burlando a la guardia romana que velaba en las murallas, los ayudantes se acercaron a ellas portando largas escaleras carmesí. Con ellas treparon, subieron y bajaron de los balcones, las tendieron como puentes entre tejas y tejados para ir recorriendo Belén desde las alturas.
Desde el campamento, Melchor, Baltasar y Gaspar seguían con atención la misión de aquellos seres. Podían ver, perfectamente, cómo cientos de escaleras, tan pronto se elevaban como volvían a bajar en las estrechas callejuelas, dibujando movimientos en arco. Y es que las calles de Belén eran un ir y venir de escaleras portadas por los ayudantes, perfectamente organizados.
– Llevamos años estudiando a los astros y jamás habíamos visto algo así – se impresionó Baltasar.
– No acabo de entender muy bien de dónde han salido, pero los necesitamos – añadió Gaspar.
Horas después, cuando el cielo comenzaba a palidecer con los primeros tonos del amanecer, los seres áureos hicieron aparecer la estrella sobre un humilde establo. Era la madrugada de un seis de enero.
Los sabios descendieron de sus camellos, y flanqueados a ambos lados por aquellos seres áureos, llegaron frente a un niño que reposaba en el regazo de su madre, al calor del aliento de un buey y una mula, mientras su padre observaba en silencio aquella llegada.
Al postrarse ante él, los seres dorados colocaron a sus pies tres cofres.
Melchor ofreció el oro, símbolo de realeza.
Gaspar entregó el incienso, perfume de lo divino.
Y Baltasar presentó la mirra, en honor al hombre que un día sería.
Y entonces, los tres Magos comprendieron: el verdadero valor de aquel rey no residía en su poder, ni en su riqueza, sino en su Humanidad.
Cumplida la misión, los sabios se volvieron hacia aquellos ayudantes nacidos de la estrella, y les dijeron:
—Desde hoy, y por toda la eternidad, seréis nuestros pajes. Vosotros llevaréis nuestros dones a cada niño y niña que conserve la fe, la esperanza, y crea en nosotros.
Segunda parte
Alcoy, 1866.
Hacía años que el sonido de batanes y telares ahogaba las quejas de quienes trabajaban con ellos. Era el pulso metálico de una ciudad que había despertado a la industria, pero que, en ese despertar, había sacrificado una parte de su alma.
El humo de las fábricas se elevaba como un velo oscuro sobre los tejados, cubriendo el cielo de hollín y cansancio. Bajo aquella sombra, los hombres, las mujeres y hasta los niños y niñas trabajaban largas horas en talleres donde, la luz apenas entraba.
La niñez se perdía entre los engranajes y las bobinas, sin espacio para el juego. La alegría, la fe y la ilusión parecían haberse extraviado entre los vapores del carbón.
Y pese a ello, quedaba una chispa encendida: la esperanza.
Entre aquellos alcoyanos había un hombre que se negaba a perderla. Lo llamaban el Tío Piam, y tenía el don de hacer que hasta el humo pareciera menos denso cuando hablaba.
En sus escasos ratos libres reunía a los niños y niñas de la ciudad y les contaba historias.
Pero no cualquier historia: la suya era una que venía desde los confines orientales. Una historia que había pasado de generación en generación, olvidada algunas veces.
Les hablaba de tres sabios astrónomos, conocidos como los Reyes Magos, que habían cruzado las arenas del desierto, siguiendo un astro dorado en el firmamento.
Les contaba cómo, de aquella estrella, habían surgido unos seres áureos —los pajes—, que les habían ayudado a encontrar al Niño Jesús.
– Y desde entonces – decía el Tío Piam con una sonrisa que encendía los ojos de los pequeños—, esos pajes guían cada año a Sus Majestades hasta los hogares de aquellos que aún creen en la magia.
– ¿Y por qué dejaron de hacerlo? – preguntó una voz infantil e inocente.
– Nunca dejaron de hacerlo. Tened esperanza y creed en la magia, y veréis como ellos llegarán.
La historia, sencilla y luminosa, prendió en los corazones de los más jóvenes.
Y así, entre el ruido de las máquinas y el negro de las chimeneas, comenzó a renacer la ilusión. Niños y niñas, durante las largas jornadas que pasaban en las fábricas, se animaban mutuamente, esperando que el relato se hiciese realidad.
– Si trabajamos y nos portamos bien, vendrán los Reyes Magos. Lo ha dicho el Tío Piam – decían, mientras sus padres les escuchaban atentos entre los engranajes.
Transcurrían los días, y el frío del invierno espolvoreaba de nieve los altos de la sierra de Mariola y la Font Roja. Las tejas lloraban estalactitas de hielo, y las chimeneas emanaban suspiros. Pero ello no impedía a los niños y niñas para ir en busca del Tío Piam y preguntarle por dónde podrían llegar los Reyes.
– Quizá lo hagan por el portal de Cocentaina – les decía un día -. O, quizá, por la puerta de Alicante – les decía otro.
Hasta que, una noche cualquiera —aunque el destino quiso que fuese la primera de muchas—, algo sucedió en el cielo de Alcoy.
Una luz repentina rasgó la negrura: un destello dorado, breve pero intenso, que iluminó la ciudad entera. Los vecinos salieron a las calles, atónitos, mientras las campanas repicaban sin razón aparente. Y observaron cómo, a las faldas del Preventorio, aparecían centenares de antorchas.
Entonces, desde la puerta de Alicante de la muralla, se escuchó el redoble de tambores y el clamor de las cornetas. Por ella aparecieron unas antorchas que acompañaban a una comitiva real.
Abrían el cortejo los heraldos de la villa, y tras ellos, montados en camellos enjaezados con sedas y oro, Melchor, Baltasar y Gaspar, los Reyes Magos. Llegaban en vistosa cabalgata; la primera de todo el mundo.
Y no venían solos: los acompañaban aquellos mismos pajes áureos que, con largas escaleras rojas, subieron a los humildes balcones, donde las familias esperaban, cargados de regalos.
Aquella noche, Alcoy volvió a mirar al cielo, y el humo de las fábricas se disolvió, por un instante, ante el brillo de la ilusión.
Desde entonces, cada cinco de enero, los Reyes Magos vuelven a la ciudad que se negó a dejar de creer, y les abrió los brazos por primera vez.
Porque Alcoy demostró al mundo que la magia existe donde habita la esperanza,
y que incluso entre las sombras más oscuras, puede renacer una estrella.
– Y, si nacisteis de la estrella, ¿cómo es que tenéis forma humana?
– La tenemos porque somos el reflejo de la Humanidad que tenéis en vuestro interior; por eso es necesario que siempre la conservéis. Si en algún momento la perdéis, volveremos a convertirnos en polvo y desapareceremos…
El meu comentari conença amb un fort alé
Aquest alé s’hi troba replert de vida…
Somnis, esperançes, desitjos;
Tan mateix com il-lusions
no cal perde mai aquestes per un conviure ple …
Amb eixe desig que l’esser humá sabiga mantenir sempre al seu dintre eixe xiquet que hi es …..
Magnífic. Pura poesia
Em pareix una molt bona solució al problema dels nous temps. Quí tenía que dir-ho. Al fi i al cap, lo important es mantindre la il-lusió dels xiquets.
Gràcies per pensar