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Cultura
Un happening interminable
Arjona es una excepción y la excepción es siempre una piedra lanzada contra el espejo de agua de la laguna, la quiebra de la plácida uniformidad de la superficie
Gustavo Cardenal - 11/11/2025
Un happening interminable
FOTO: PACO GRAU

Dice Arjona: “cuando empieces a no entender aquello que tú mismo escribes habrás empezado a escribir bien”. Se entiende que son cosas de un pintor abstracto. Esto encaja bien con la aversión que el pintor, éste y no sé si todos o casi todos los que trabajan en la escuela de la abstracción, siente cuando alguien intenta encontrar un mensaje en uno de sus cuadros. Los profanos, al menos los profanos puros que no intentamos arrogarnos conocimientos que no poseemos, los que nos ponemos ante el cuadro sin otras herramientas de prospección que nuestros propios solos ojos, podemos a veces incurrir en ese error, en buscar una interpretación de aquello que se plasma en el lienzo. Y para ello hacemos un esfuerzo para descoser nuestras minerales costuras, esos sacos donde ordenamos todo, y hacer caber así esas formas que nos son del todo irreconocibles según los patrones que utilizamos. Estamos acostumbrados a decir “silla” cuando vemos una silla. Descubrir una silla en una masa de colores informes o sin forma precisable sobre un lienzo puede ser un juego, un ejercicio de pareidolia, pero no el resultado de un proceso de penetración y comprensión del cuadro que contemplamos. Los pintores se molestan. Arjona se molesta. Para él los colores y las masas en que se agrupan y relacionan no son significantes a los que hay que encontrar significado. El suyo es un lenguaje otro, en realidad un no-lenguaje, puesto que no se sujeta sobre un código compartible. Si fuera así todo consistiría en aprender y participar de ese código. Pero no es así. La abstracción, en pintura, tiene otro significado, no significa lo mismo que ese término aplicado a, por ejemplo, el lenguaje verdadero. Todo lenguaje es abstracto, es código y es convencional, pero una vez asociado un significante con un significado la abstracción queda tan domada que ha perdido todo su poder en aras de una funcionalidad muy útil pero ya muy poco libre. Esa libertad es la que preservan a toda costa los pintores abstractos, y por eso les molesta – bien, no generalizo, le molesta a Arjona; que moleste a otros, a los más, es algo que puedo sospechar pero no afirmar – que la recortemos con estas a su juicio torpes maniobras pareidólicas. El arte abstracto no refiere nada concreto y unívoco, a cada cual que lo contemple podrá comunicarle sensaciones diferentes que difícilmente coincidirán con las de otros. Incluso a un mismo espectador podrá provocarle muy distintas sensaciones en distintas visiones. (Al menos cabe aceptar que esa libertad que asistió al pintor se traslada también al espectador de la obra). Por eso ver una silla en medio de una espesa mancha roja cruzada de azul cobalto o, ya que estamos en lo que estamos, de azul Klein, es cuanto menos una simpleza, y una ofensa al pintor, que no querrá saberse nada de sillas ni otros objetos que puedan ser encontrados en cualquier entorno. Quede eso para los figurativos, atados a las servidumbres de tener que aceptar que las cosas son como son, y por mucho que deformes una silla, o un rostro, o un árbol, silla, rostro y árbol habrán de seguir siendo.

Esas servidumbres son las que necesariamente atan al escritor, porque no se escribe con manchas de color o trazos libres sino con palabras, y las palabras son absolutamente referenciales. Ni siquiera sirve seguir una línea de pensamiento que aspire a comparar los mundos, el de la pintura y el de la escritura, jugar a una sinestesia muy atractiva y que en ciertos casos y aspectos incluso puede dar fértiles y sugestivos resultados, siempre muy parciales y circunscritos a casos concretos y escasos. No se puede jugar a eso aunque sea tan tentador: así como hay pintura figurativa y abstracta, la una refiriendo a la realidad en sus mil formas y con sus mil maneras de hacerlo y la otra huyendo absolutamente de ella en cuanto a entidad concreta, física, descriptible, así también cabría hablar de una escritura realista, formal, ortodoxa, y de otra que tironee y retuerza las palabras forzando hasta el mismo límite previo a la ruptura total su capacidad de decir. La palabra narrativa, y la palabra poética. La libertad del pintor con sus colores y pinceles no tiene límites, a lo sumo los que se autoimponga, porque acaso esa suprema libertad que presumimos desde fuera resulte estar subyugada por unas exigencias personales del artista que no conocemos y de las que no tiene por qué darnos cuentas, pero la libertad del escritor que busca el camino difícil, a veces abstruso, de llevar la palabra a su límite, la palabra poética – se utilice donde se utilice, sea cual sea el formato, el vehículo, sea narración, sea poema, sea lo que sea – nunca será así de absoluta: la palabra no es un color, al que quizá quepa desde la personal independencia de quien lo usa adscribir determinado significado, que podrá cambiar posiblemente en el siguiente cuadro, un código personal y mudable. La palabra es una entidad que une un significante con un significado, relación inextricable que está en el mismo origen fundacional de dicha palabra. Se puede romper toda coherencia, armar con palabras un discurso desestructurado, trasladar mensajes tan absurdos que resulte difícil considerarlos tales, pero en el fondo y al final la palabra no escapa nunca de su servidumbre, de decir lo que dice: “silla” es silla. Un color rojo, un azul Klein, son un color rojo, un azul Klein. Y en ellos cabe todo, cualquier cosa. En una silla caben bastantes menos.

“Cuando empieces a no entender aquello que tú mismo escribes habrás empezado a escribir bien”. Si se ha vivido la experiencia de acceder a los escritos de Arjona esto se entiende perfectamente, es pura coherencia con su manera de entender la escritura, en realidad con su manera de entenderlo todo. Arjona no es un artista sino una forma del Arte, no decide hacer arte, él es arte, y esto no hay que interpretarlo como mérito o virtud, y tampoco como la maldición a la que a veces ha aludido el pintor – “el arte me ha devorado, me ha quitado a mi familia, a mi hijo…” –, un lamento que se presume algo forzado por más que tenga su indudable parte de verdad. Del mismo modo en que no decide hacer arte, no elige tampoco el medio, el soporte o la disciplina. Arjona sobre todo pinta, pero también escribe, y hace música, e interpreta obras teatrales que no son al uso pero sí teatrales, improvisaciones que constituyen toda su vida, al menos la pública. Una especie de happening interminable. Es como si fuera consciente de tener sobre sí de continuo una cámara que lo estuviera registrando. Esto es narcisismo, sin duda, y también ego desmesurado, pero eso no obsta para que siga siendo arte. No entro en juicios de valores o calidades para los que me falta toda la formación que me autorizaría a hacerlo, pero sí comprendo absolutamente los mecanismos de su arte. Él ha repetido hasta la saciedad y ha predicado con sus actos que no cree en nada que pueda ser considerado como “académico”, término que extiende mucho más de lo que permite la mera definición del diccionario. Casi todos los males del arte, casi todos los fracasos de artistas se deben a ese monstruo, el academicismo. Condenado por una incapacidad al parecer innata para aprender nada que pudiera serle enseñado Arjona hizo de esa contrariedad una virtud. Liberado de trabas su arte no ha tenido que hacerse caber en ninguno de los moldes preestablecidos, no ha tenido que responder a exigencias de modas o respetar patrones. Eso tal parece que ha terminado relegándolo, porque el arte, además de todas esas espiritualidades que se le asocian, es un oficio y un negocio, y los oficios y los negocios se tienen que actualizar y publicitarse, tienen que olfatear por dónde va el viento, hay que bajar de la nube al suelo. Pero no creo que Arjona haya perdido el tren, sino que nunca se subió. Puede que en un tiempo el tiempo fuera el suyo, pero el tiempo no se detuvo, nunca lo hace, y su tiempo siguió siendo eso, suyo, y ése sí se paró, es decir, siguió moviéndose, pero como lo había hecho siempre y como sigue haciéndolo ahora, sin rendición de cuentas a nada, a nadie, salvo a sí mismo. Su autarquía es completa, la única fidelidad que profesa es indeclinable y él es el objeto de la misma. Pero vivir una realidad así, en la que caben sin confrontarse ni contradecirse una actividad social intensa y expuesta y una perseverancia en las ideas propias acerca de su arte que no admite que se le discutan, creo que puede derivar en una rara forma de autismo. Arjona expone cuadros y expone de continuo su vida, la parte pública de la cual es bien visible y constatable (otra cosa habrá de ser la intimidad que seguramente tiene y preserva, pero de eso no cabe ocuparse cuando estamos hablando de una persona indisociable de su imagen, la que él ha creado y cultivado) Por eso se comprende que no tenga ningún temor a que se le considere o un diletante o incluso un advenedizo cuando manda su arte a colonizar otras disciplinas que no son la pintura, en la que está establecido por derecho. Cuando Arjona toca el piano – no se puede decir “interpreta”, porque eso habría de hacerlo sobre una obra, una partitura, una notación por dislocada que fuera, y tales cosas, como son susceptibles de ser enseñadas y aprendidas, no le interesan en absoluto – lo hace con la misma anarquía súbita e inmediata con que se maneja con los pinceles. Y cuando escribe ocurre lo mismo. Haciendo la salvedad de que la música es la más abstracta de las artes y por tanto Arjona podrá aducir que a su juego lo llamaron, es lo cierto que por libérrima que sea la creatividad a la hora de ponerse a pulsar las teclas en ello no vale todo: despreciar la técnica por considerarla “académica” y por tanto castrante es no entender nada. O creer que o bien se entiende todo, o bien ninguna falta hace entender nada cuando no sé si más el espíritu o el ego se saben tan brazo de mar que, de nuevo, por qué habría de dar explicaciones y rendir cuentas ante una audiencia que a lo que acude y ante lo que se postra es ante la genialidad inagotable del genio, o a eso aspira, o eso cree. Rapto e iluminación, ¿quién habría de necesitar someterse a dictaduras de técnicas? Como de música yo no sé nada y me limito a escucharla no puedo tirar tan por tierra las aptitudes del pintor cuando se vuelca sobre el teclado, pero no creo nada en la ciencia infusa, el ruido es ruido por más que lo genere un genio en trance. Me resisto a aceptarlo, a aceptar la supuesta música que pueda hacer alguien que nunca se sometió a humildades de aprendizaje.

Pero el territorio que más flagrantemente atropella con su torrencial personalidad creadora es el de la escritura. Escribir es una tarea ardua, de poco premio por lo común, exigente y que propone en su ejercicio constantes, repetidas citas con el fracaso del proyecto. Es inevitable sentirse a veces algo molesto con esa gratuidad de pájaro de colores que exhibe Arjona cuando en vez de revolotear sobre lienzos lo hace sobre folios. Es el mismo espíritu, la misma filosofía, los mismos fundamentos y ambiciones, la misma fuerza incontenible la que se muestra en las telas que la que lo hace sobre las teclas de un piano y sobre las hojas de papel. La música surge y se acaba, es tan perecedera, tan efímera, y su propia etereidad, su radical abstracción podrían quizá dejarla fuera de este juicio sumarísimo. Pero a los escritos les pasa como a los cuadros, que ahí quedan. Los escritos de Arjona constituyen una obra realmente ingente, no puedo contabilizar ni una ni otra, pero presumo que la obra pictórica y la literaria van camino de no caber ni en un hangar, si es que no lo han hecho ya. Me rindo, sin asomo de ironía, ante esa capacidad y sobre todo ante la fe que este artista tiene en sí mismo. Está lleno de potencia creadora y, sea adquirida o sea innata, posee una disposición muy poco usual, y muy envidiable, que hace que la distancia entre ese interior volcánico en constante erupción y las manos por las que esa pujanza sale y gana el exterior se acorte hasta la inexistencia. Aún no la piensa y ya la hace, hace una sonata o un cuadro o un poema o incluso una larguísima novela, o un montón de cuentos, o una obra de teatro, o… Esto es algo que me parece admirable en sí mismo, al margen de cualquier otra consideración que, naturalmente, siempre cabe hacer, y que hago. Escribir sin entender lo que uno escribe, el consejo que me dio hace tantos años y que no he seguido, claro, no soy un genio, trabajo con las palabras y sé lo ingratas que a veces son. Pero entiendo perfectamente a Arjona, entiendo su literatura tanto como entiendo sus cuadros, al menos en el cierto sentido al que alcanzo, es decir, no entiendo nada, pero sé que ambas cosas surgen de la misma manera y con la misma finalidad: mostrar algo que el autor no sabe ni puede decir, pero que tiene dentro. Y no sabe y no puede porque es imposible. Para mostrar no se requieren estructuras ni técnicas que domen el contenido y lo lleven mansamente del ronzal hasta el lector o el espectador – o el oyente, no olvidemos lo del piano – sólo abrir las manos y que sean ellas las que hagan. Pero esto cuando se trata de pinturas es una cosa y cuando de palabras otra. Me aburro de tanto decirlo, pero la palabra es siempre inevitablemente referencial, y se integra en discursos que pueden ser absurdos, pero las palabras que lo componen dicen lo que dicen, siempre lo hacen. Usarlas al modo de colores o de meros sonidos, manchas de palabras que deberían ser de colores, tintineos que habrían de hacer las campanas o las maracas o el piano y no las palabras, cuyos cometidos son otros y superiores a esa simpleza. Es lo que tiene ser un artista genial y sinestésico. Y ni un ápice de ironía tampoco en ninguno de estos dos términos. En realidad la sinestesia se da, pero quizá no es tan libremente intercambiable, no es que las palabras o los colores o los sonidos se usurpen las funciones unos a otros, lo que ocurre es unidireccional: la verdad con la que Arjona trabaja son los colores, y cuando escribe usa las palabras como colores, y cuando se pone al piano lo que extrae de él son colores. Así que lo único que este artista hace es, pues, lo suyo, y no otra cosa: pintar. El aporte de fe y devoción que quienes asisten a esas manifestaciones paralelas deben presentar ante ellas para que alcancen el sentido, la condición y la calidad que Arjona pretende que tengan es muy, muy grande. Como suele ser todo artículo de fe.

En definitiva, y por toda conclusión, aunque no se requiera ni concluya verdaderamente nada, hay que salvar la indudable personalidad de Arjona, más personaje que persona o personaje indisociable de la persona, hasta el punto de que se mire por uno u otro lado va a resultar lo mismo: si hubo ambas cosas alguna vez, si este hombre partió de una entidad como persona, es lo cierto que hace mucho que el personaje, que acaso pudo en los inicios ser una impostación, terminó devorando a la persona. Ahora lo que vemos es el personaje, tratamos con él, elucubramos sobre él, lo alabamos o lo criticamos, o, más difícil, lo ignoramos. No hay que indagar, ni intentar sorprenderlo en sus aparentes renuncios, en sus contradicciones que quién sabe si de verdad son tales, porque un personaje es una ficción y le cabe usar de la libertad de serlo. Arjona es una excepción, y la excepción es siempre una piedra lanzada contra el espejo de agua de la laguna, la quiebra de la plácida uniformidad de la superficie. La excepción atenta contra lo previsible e incomoda, pone en cuestión el estado de cosas y abre la puerta a la incertidumbre. Por esa puerta se pueden colar la intemperie y la zozobra, sí, pero también ciertas raras bellezas de las que la quietud de las aguas paralizadas no da noticias ni permite apenas el vestigio. Que la excepción se nos atragante y nos cuestione, que nosotros a nuestra vez hagamos lo mismo, cuestionarla, nada de endiosamientos, nada de entregas acríticas, pero no perdamos la oportunidad de atarnos alguna vez, algún momento a la cola del cometa. De lo único que no se puede dudar es de su fulgor.

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