El actor ante su reto
Gustavo Cardenal

Al fracaso se le opone el éxito. A la muerte, el afán rampante de la vida nueva. Al vacío existencial – un pozo telúrico lleno de sí mismo – no se le puede objetar nada. La nada es nada. No es nihilismo: es sólo nada. La orfandad del hombre en el mundo y ante la tarea onerosa de ir viviendo. Una soledad a la que sólo adjetiva la culpa. El pecado innominado. La tragedia en el fondo de cada cual. Un dolor insondable que no requiere de argumentos, que nada más necesita víctimas.

Una silla solitaria. Una estancia vacía. La ventana por la que dejar ir la mente blanca. Una platea todavía deshabitada. El actor ante su reto. Cargar sobre sus hombros grises la derrota del personaje, que es toda la derrota del mundo. Temor y duda. El reto. La osadía. Vivirse en otro, en un ser escrito. Darle cobijo en lo más hondo. Ser destruido por su culpa. Perder lo que él perdió. Añorar lo que él nunca tendrá. Ser otro, uno en el que se murió adentro la vida y lo dejó, solo y de pie, en un escenario.

¿Acaso escapar? Huir, apartar cálices. Pero nadie puede escapar de uno mismo. Huir es un itinerario de infiernos repetidos. Taparse los ojos sin párpados con las manos. Es imposible la evasión. Un rumor se desliza lento y creciente, pegado al suelo. Va ganando el espacio, va estableciéndose. La platea vacía es ahora un animal múltiple que respira, que mira, que espera. Temor y duda. El reto. La culpa, siempre la culpa. Y la derrota adensando el aire.

Y de repente se hace el silencio y el oscuro. Empieza a sonar quedo Chopin. Un cañón de luz atrapa al actor y entonces acaece el milagro. El personaje ya no es el personaje. Los asistentes ya no son el público. Es Juli Mira llevándose a la destrucción y destruyéndonos. El prodigio borrando las fronteras. La vida no se queda fuera ni abajo. La ficción no está dentro ni arriba. No hay escenario ni patio de butacas. Es presentación de la vida, no representación.

Palabras, palabras… Un torrente de palabras dicho a veces con vigor, a veces con desmayo. Un actor que gana el espacio, que lo ocupa y lo hace suyo con pasos que, como las palabras, a veces son vigorosos y a veces desmayados. El reto afrontado. Ya no cabe temor, ni duda. Ya sólo cabe la culpa, que es del personaje, del actor y nuestra. Juli Mira recibe sobre la geografía de sudor y ojeras de su rostro los escupitajos que lanza a un cielo que lo ignora. El drama, indistinguible de la vida, va adquiriendo naturaleza y verdad sobre las tablas y crece, arborece, se desborda. Y desde un Juli Mira estragado nos invade a todos. La vida no es una ficción, pero a veces la ficción sí es vida. Ni siquiera tiene que gustarle a uno el teatro. Basta con estar vivo, con ser otra cosa distinta de la butaca que ocupa.

Nota. La obra “Las manos de Eurídice”, interpretada por Juli Mira y dirigida por Ximo Llorens, se presentará en el Centro Cultural durante los días 7, 8, 14 y 15 de este mes de junio.

COMENTARIOS

  1. Juli Mira says:

    Gracias Paco y Gustavo, por vuestro tiempo, vuestro pensamiento y vuestras capacidades.
    Os abrazo.

    Juli

  2. Lluís Miquel Campos says:

    Tuve la inmensa suerte de asistir al preestreno de “Las manos
    de Eurídice”. La sinfonía de sentimientos que transmitía el ac-
    tor Juli Mira invadió y penetró en el público asistente,a los
    cinco minutos de representación. Viajábamos de la sonrisa
    al nudo en la garganta sin darnos cuenta. Estábamos ante una
    lección magistral de interpretación. Juli Mira es un “monstruo”
    y sobre todo es “nuestro monstruo”. Debemos estar orgullosos
    de él y quererlo y cuidarlo agradeciendole su esfuerzo por darnos
    generosamente todo lo que sabe. ¡Hagan juego,señores!
    ¡Abran los ojos,idiotas!

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