El blues del viejo barrio
Javier Llopis

Las madres llamaban a sus hijos a gritos desde los balcones a la hora de comer. Los niños jugaban en la calle formando grupos, sin cruzar nunca una frontera imaginaria marcada por la Font Redona, que separaba el Sant Nicolauet popular del San Nicolás burgués, con sus niñas vestidas de uniforme  de las Carmelitas que hablaban en castellano. Un carro con tres mulas traía cada tarde leña de pino para el horno de Sant Bonaventura y a las dos menos veinte pasaba puntual la furgoneta del butano con su ruido de lata vieja y de choques de bombonas.

La ropa tendida colgaba de las fachadas de las casas y los trabajadores volvían el sábado de la fábrica con el sueldo recién cobrado en un sobre de papel de estraza, para emborracharse rápidamente en la bodega de la esquina entre humo de sardinas fritas y un tráfico permanente de barralets de café licor.

Era el viejo barrio. Un triángulo imaginario, que empezaba en El Camí, seguía por la calle Sant Mateu, llegaba a la Placeta les Eres, se desparramaba por San Vicent y regresaba al centro por el polvoriento camino de un Sant Nicolauet sin asfaltar. Era un universo pequeño de pura clase obrera, en el que las viviendas se arremolinaban por cuestas y callejas imposibles en busca de la cercanía de las fábricas del Molinar. La vida empezaba cada mañana a toque de sirena, cuando los padres bajaban al río y se perdían en un paisaje industrial lleno de estruendo de telares y de olor a borra.  Aquel mundo tenía sus propios ritmos, marcados por los horarios de apertura del colmado del Siño Ángel, de la droguería de Juanito o de las decenas de pequeñas tiendas que aprovechaban hasta el último rincón de las plantas bajas para vender de todo: desde hilos de coser a pimentón a granel. Las mujeres subían y bajaban con la compra y las calles se llenaban periódicamente de voces infantiles cada vez que  acababa el colegio. Era un Alcoy dentro de Alcoy; un pueblo dentro de una ciudad, en el que todo el mundo conocía a todo el mundo.

No se sabe exactamente cómo, pero lo cierto es que un día llegó el progreso y la gente empezó a abandonar aquellas casas pequeñas y oscuras. Poco a poco, los vecinos se fueron marchando a otros barrios, como Santa Rosa y la Zona Norte, en busca de viviendas con luz de sol y mejores servicios. Fue una emigración lenta y sin traumas, ya que todos estaban convencidos de que se marchaban a un sitio mejor. Un día desaparecía la familia de al lado, a la semana siguiente los del tercero cargaban los trastos en un motocarro e iniciaban el traslado. Las calles iban perdiendo vida y las sólidas pandillas infantiles veían mermados sus efectivos en un continuado goteo de deserciones. Los sonidos, los gritos y el trasiego de las amas de casa se fueron apagando. Las tiendas de toda la vida fueron cerrando sus puertas, asfixiadas por la falta de clientes y bloques enteros de pisos acabaron convertidos en edificios fantasmales, en los que una persiana suelta golpeaba la pared movida por el viento.

Después de aquello; la nada. A los alcoyanos que hoy mediamos los cincuenta nos cabe el dudoso honor de haber visto morir a un barrio entero, de haber contemplado la agonía de una comunidad urbana en medio de la más absoluta indiferencia. Miles de pequeñas historias personales y un pedazo grande de la memoria del Alcoy industrial y obrero se esfumaban sin que nadie moviera un dedo para evitar una auténtica catástrofe para el patrimonio de toda una ciudad.

Fue una muerte lenta de derrumbes y degradación.  Mientras los alcaldes pronunciaban magníficos discursos sobre planes de rehabilitación urbanística que nunca se cumplirían, las viejas casas se desmoronaban tras años de abandono. Calles enteras –como Sant Rafel y Sant Bonaventura- desaparecían del mapa a golpes de piqueta y excavadora. El paisaje totalmente desprovisto de vida sufría una radical transformación. Los cascotes y las basuras se apoderaban de los solares vacíos y Alcoy vivió la vergüenza de que el director de cine Álex de la Iglesia eligiera esta zona devastada como escenario para reproducir el Madrid bombardeado de posguerra.

Sólo los murales reivindicativos de los escasos vecinos supervivientes, que todavía creen que es posible devolverle la vida a este cadáver, rompen el ambiente de destrucción bélica de una zona que al final, ha sido bautizada como El Partidor. Este nombre de resonancias festeras nos coloca ante otra de las grandes paradojas del barrio: cada mes de abril, las calles resucitan durante los multitudinarios actos de los Moros y Cristianos,  para volver a morir bruscamente cuando se acaba el programa oficial.

La desoladora experiencia de este rincón destruido por el tiempo ilustra a la perfección la extraña relación que tienen los alcoyanos con su patrimonio arquitectónico. Nos hallamos ante una ciudad singular, que defiende con uñas y dientes sus tradiciones y que sin embargo, desprecia con total irresponsabilidad su legado urbanístico. El resultado de esta inexplicable bipolaridad es un Alcoy feo e irreconocible, que ha destruido con saña cualquier resto físico de su memoria, hasta sumirse en un  estado de amnesia colectiva que le impide identificar sus orígenes y aprender de su historia.

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