Historias cotidianas de un Alcoy olvidado
Javier Llopis

Un grupo de elefantes ensaya su número circense ante la silueta del Barranc del Cint, mientras el moro metálico del monumento de San Jorge parece lamentarse ante el inicio de los trabajos de demolición del Monterrey. Un transeúnte intenta una imposible llamada telefónica desde una cabina para minusválidos y a muy poca distancia del lugar, dos cabras se suben al techo de un viejo Seiscientos destrozado para observar los desastres de la gota fría.

Son historias cotidianas de un Alcoy antiguo recogidas por la cámara de Paco Grau, que en esta galería fotográfica ejerce con toda autoridad su papel de cronista de la vida y de los cambios de una ciudad. Nos hallamos ante un mosaico en imágenes de una ciudad olvidada, de un Alcoy muy diferente, que ha sido borrado del mapa por los nuevos tiempos.

Juan Carlos baja la persiana del Dharma y con este gesto mínimo le pone punto y final a una etapa de la historia alcoyana, que giró en torno a las músicas y las gentes que desfilaron por este emblemático bar de la calle San Mateo, que allá por la década de los ochenta del pasado siglo fue un sinónimo de modernidad y de transgresión. Los instrumentos de un grupo de jazz esperan el inicio del concierto en un abarrotado Teatro Circo, que en esos momentos de esplendor y efervescencia cultural ni siquiera se imaginaba su triste final de piquetas y excavadoras. En los alrededores de los wáteres públicos de la plaza sigue reuniéndose un singular paisaje humano y la foto nos rescata del olvido caras, gestos y personajes que nos resultan muy familiares a todos aquellos que hemos superado la temible barrera de los 50 años de edad.

El alcalde Sanus baja por Embajador Irles acompañado del conseller Rafael Blasco, dos historias políticas que se cruzaron en aquellos primeros años de democracia y que pasan por delante de la puerta del viejo Diferents, otro bar para la crónica sentimental de la ciudad. Un grupo de africanos posa sonriente ante la gran pancarta que anuncia una de las primeras celebraciones del 9 de Octubre. En ese mismo escenario, la acera del Ayuntamiento, un despliegue de cartelería anuncia la candidatura electoral de Blas Piñar, caudillo fracasado de los sueños ultraderechistas de los restos del franquismo. Un burro se asoma por la ventana de una chabola de la Cuesta de las Flores, mientras sus compañeros de fatigas se toman un pequeño descanso a las puertas de una autoescuela. Son otros tiempos. Días felices en los que los niños del barrio mataban los calores veraniegos tomando el baño en el estanque del Parterre.

Paco Grau recorre una época de contrastes y de sorpresas, en la que las niñas de Les Pastoretes anunciaban la inminente Cabalgata por unas calles decoradas por los carteles anunciadores de películas S, eufemística acepción con la que se intentaba disfrazar la espectacular irrupción del cine porno en nuestras vidas.

Un veterano policía municipal cruza la plaza de España, tapándose del frío de una mañana invernal. El escenario es el mismo de siempre, pero hay algo inquietante en esa imagen de un Alcoy tan antiguo y tan próximo a la vez.

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