Todo un mundo en 500 metros
Javier Llopis

La vida corre cada día por la Alameda. Todo un mundo desfila por los escasos 500 metros que separan la Iglesia de San Roque de la Rosaleda, el tramo medular de esta arteria urbana. Esta gran vía comercial empieza a convertirse en nuestra particular Rambla; o lo que es lo mismo, en el escenario por el que pasea un variado paisaje humano, que recoge el pulso de una ciudad llena de diversidades y de contradicciones. 

Paco Grau nos hace su personal versión gráfica de este pequeño recorrido entre la espectacularidad de los escaparates y la cotidianidad de las personas.

La llamaron en su día “La Milla de Oro”. El tirón de los establecimientos las grandes cadenas de ropa, combinado con la decadencia del casco histórico, convirtió  la Alameda en la gran vía comercial alcoyana. El eje de la ciudad se trasladó hacia el otro lado de los puentes y en pocos años esta desabrida travesía de la carretera Nacional 340 se transformó en un bulevar lleno de vida y de movimiento económico.

En el medio kilómetro que separa la Iglesia de San Roque del parque de la Rosaleda se concentran cada día miles de personas. El índice de actividad por metro cuadrado (si es que existe algo parecido a esta medida inventada) es inusualmente alto para una ciudad que acostumbra a dosificar con avaricia su contacto con la calle. En este espacio reducido, que se puede recorrer a pie en menos de diez minutos, no se desaprovecha ni un centímetro. Las grandes franquicias de la moda se agolpan hasta en el último rincón, compartiendo calle con todo tipo de tiendas. La aparición de un floreciente sector hostelero ha sido la última aportación a este enjambre comercial afectado por lo que los especialistas en arte definirían como “horror al vacío”.

Un paseo curioso por este tramo de la Alameda nos enfrenta con el impacto de la superposición de imágenes, con el incomparable impacto visual de la mezcla y de la incongruencia. Miles de personas pasean cada día entre fotografías de espectaculares modelos de ropa, entre estridentes carteles anunciadores y entre contradicciones. La pobreza, la riqueza, la normalidad y lo extraordinario se superponen en un único escenario, que nos ofrece el mejor espectáculo que hay en este mundo: la gente.

 

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