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¡Bares, qué lugares!
Una divagación sobre urbanismo, casco histórico y hostelería
Javier Llopis, 17/11/2019
FOTO: PACO GRAU

A lo largo de los últimos 40 años, los alcoyanos hemos podido disfrutar de innumerables proyectos para recuperar nuestro casco antiguo, hemos asistido a decenas campañas para reactivar el centro histórico y hemos visto a políticos de todos los colores anunciar la inminente rehabilitación del corazón de la ciudad. Todas estas iniciativas han fracasado tras chocar contra la realidad y si uno lo piensa bien, la única experiencia que ha cosechado un rotundo éxito ha sido la revitalización de la Plaça de Dins: una acción de titularidad estrictamente privada en la que no han participado ni políticos ni arquitectos y en la que todo el esfuerzo lo han puesto un grupo de empresarios de la hostelería sufridores y entusiastas.

Durante décadas, la Plaça de Dins ha sido una isla de vida en medio de un paisaje muerto. Estamos ante un fenómeno urbanístico poco estudiado. A base de resistencia y sin ningún tipo de apoyo oficial, un grupo de propietarios de bares consigue invertir la tendencia general en el casco histórico de Alcoy. Tras un encomiable ejercicio de supervivencia, la plaza porticada se convierte en un referente para el ocio local a pesar de enfrentarse a un entorno urbano absolutamente adverso. Las mesas de los bares se multiplicaban en la plaza mientras a su alrededor se cerraban comercios históricos, se demolían casas y las calles se convertían en un escenario amenazante conforme iba oscureciendo el día. Contemplar el contraste entre la Plaça de Dins, llena de ruido y de luz, y el abandono del resto del centro es un experimento que se puede hacer cualquier noche de invierno y que por muchas veces que se repita, siempre nos provoca un sentimiento de sorpresa.

Para satisfacción de todos los alcoyanos que aman el casco histórico de su ciudad, hay que señalar que en estos momentos se está produciendo un fenómeno muy parecido al de la Plaça de Dins en otra zona importante del centro: la calle de Sant Francesc y sus alrededores. Nuevamente, son los bares los que han pilotado este desafío a la decadencia urbanística. A lo largo de los últimos años, ha ido creciendo el número de establecimientos hosteleros en esta área peatonalizada de calles estrechas. El resultado es espectacular y en las noches de los fines de semana (especialmente en verano o en primavera), el barrio se llena de vida y de actividad. Aquí, es imposible escapar de los brutales contrastes: se puede cenar en una mesa colocada a dos metros de un solar vallado llenó de maleza, iluminado con ese fúnebre color dorado con el que se intenta proteger de la humedad los muros de los edificios que se han quedado al borde del precipicio.

Situaciones como las antes descritas nos advierten de que se está produciendo un desplazamiento del eje del ocio de esta ciudad. Tras el boom de Santa Rosa, la gente busca espacios más amables y humanos y en eso, el casco antiguo no tiene rival.

A partir de aquí, toca hacernos una pregunta: ¿porque fracasan sistemáticamente todas las administraciones públicas en una zona en la que triunfan unos modestos empresarios hosteleros, que no tienen más medios que su esfuerzo personal y la imaginación para montar propuestas atractivas?. La respuesta a este interrogante es complicada. Sin embargo, convendría que nuestras instituciones hicieran una profunda reflexión sobre el tema y que aprovecharan de alguna manera las energías creadas por esta auténtica edad de oro de los bares. Frente a la lentitud paquidérmica de las administraciones públicas, brilla con luz propia el espíritu práctico y la agilidad de las personas que se buscan la vida montando establecimientos hosteleros.

Este sesudo artículo acaba con una moraleja: hay que ir más a los bares, aprender de ellos y de su ilusionante espíritu emprendedor. Lo peor que a uno le puede suceder es que acabe tomándose unas cañas con los amigotes y echando un buen rato.

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