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No sols Radetzky
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Chuchos
Antes los que fallecían eran los humanos; los perros se limitaban a morirse. Y las familias de acogida eran aquellas que acogían niños huérfanos o con otras necesidades.
Gustavo Cardenal, 9/11/2016

Suele repetirse con cierta asiduidad que el respeto y cuidado que una sociedad profesa a los animales es un buen indicador de la calidad humana y del civismo de la misma. Pues bien, si esto es así, entonces la nuestra es una sociedad que está alcanzando las mismísimas cotas de la excelencia.

A ninguna persona medio normal le puede parecer bien apalear perros, quemar gatos o mantener, en nombre de algo tan retrógrado como la tradición, celebraciones que consisten en acuchillar toros o despeñar cabras, pero como en todo, en esto también hay grados. Y criterios.

Criterio es precisamente lo que parece estar faltando, y en los últimos tiempos de un modo quizá especial y creciente. Un salvaje rocía con salfumán a unos cuantos gatos que merodean por la puerta de su negocio, un restaurante. Unos delincuentes con licencia de caza y permiso de armas se ríen mutuamente las gracias que se hacen ahorcando galgos al finalizar la temporada. Un desalmado deja morir de hambre y sed a un caballo porque ya no lo necesita. Los ejemplos se suceden, se agolpan, y ya no hay semana que transcurra sin que uno nuevo venga a sumarse a la lista. Y esto – por aquello de la sensibilidad que como sociedad, y a pesar de tan deplorables excepciones, venimos afinando – está empezando a provocar una reacción que de seguir así terminará desembocando en una auténtica y generalizada ola de solidaridad.

No habría mucho que objetar, si no fuera por lo antes citado acerca del criterio, que parece estar desnortándose. Vean, si no. El caso de los gatitos churruscados con salfumán fue seguido en los noticieros día a día, religiosamente; se estuvo dando cumplida cuenta de la evolución de los damnificados, con la emisión diaria de un a la manera de parte médico con todo lujo de detalles. Cuando se produjo el brote de Ebola, en aquellos momentos en que todo eran alarmas e incertidumbres y, ante la duda que producía el desconocimiento, se decidió por si acaso sacrificar el perro de la enfermera contagiada, la reacción de un montón de supuestos bienpensantes dotados de una inteligencia supuestamente normal fue darse cita para tomar la calle al grito de “¡Todos somos Excalibur!”, que así, nada menos, se llamaba el chucho en cuestión. Y el último ejemplo, y el más vivo dada su proximidad, lo tuvimos aquí en Alcoy estos días pasados. Unos policías, haciendo la ronda, encontraron en una papelera una camada de cachorritos de perro. Bien, no era cosa de hacer como que no los habían visto, estuvo correcto que se ocuparan de ellos, pero todo lo que vino después es un puro despropósito. La radio local estuvo dando, como en el caso del salfumán, certera y exhaustiva información diaria del caso. El pueblo se movilizó. Surgieron muestras incontables de solidaridad. Alcoy vivió con el corazón en un puño la suerte de aquellos cinco cachorritos sin fortuna, víctimas de unos dueños desbordados por una responsabilidad que no se vieron capaces de asumir. Y tuvo que ser al fin la Sociedad Protectora de Animales, en la persona de quien debe de ser su presidenta, auténtica adalid defensora de pequeñas causas peludas, quien acudiera al definitivo rescate de estos inocentes abandonados a su triste suerte. Disertó en la radio con sentida emoción acerca de las bondades de las mascotas, de cuánto de bueno aportan, de qué cruel es su abandono, de cuáles son las opciones que se ofrecen antes de llegar a tan indeseado desenlace. En la entrega informativa que cerró el caso se dejó constancia del récord de solicitudes de adopción que se recibieron. Enseguida encontraron familia de acogida todos los perritos de la camada. Bueno, todos salvo uno, que – literalmente fue ésa la expresión utilizada – “falleció”. No se pudo hacer nada por su maltrecha vidita.

Antes los que fallecían eran los humanos; los perros se limitaban a morirse. Y las familias de acogida eran aquellas que acogían niños huérfanos o con otras necesidades. Y los partes médicos se referían a personas. Y era suceso reseñable la agresión si el salfumán se vertía sobre un vagabundo dormido en un cajero. Y alcanzaba rango de noticia en los medios un hallazgo en una papelera sólo si lo hallado era un bebé recién parido. Claro que en ese “antes” la sensibilidad, la humanidad, la solidaridad eran otra cosa. El periodismo, también

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