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Crueldad brutal
Javier Llopis, 27/04/2018

Las teles repiten en bucle el vídeo de Cristina Cifuentes durante horas. Las imágenes de los 3,14 minutos de humillación ocupan de forma permanente algo más de media pantalla, dejando un pequeño hueco para que los tertulianos de turno asomen sus caritas indignadas y hagan leña del árbol caído. Las redes revientan en bromas, memes y todo tipo de sarcasmos previsibles, en una delirante competición en la que todos corren en busca de la metáfora más dolorosa o del adjetivo más hiriente.

La exhibición de crueldad provoca vértigo y vergüenza ajena. Ninguna persona en este mundo, por corrupta o por impresentable que sea, se merece un ataque de estas proporciones. El espectáculo del linchamiento de un ser humano en la plaza pública resulta repugnante y odioso, pero nadie parece dispuesto a apearse del tren del ensañamiento. Las audiencias y los likes mandan; todos quieren su minuto de gloria justiciera, aunque para ello sea necesario llenarse las manos de sangre y de vísceras en esta terrorífica operación de casquería política.

No hay ni el más mínimo asomo de piedad. La imagen de un político de alto copete pasándolas putas en el siniestro cuarto trastero de un hipermercado es una tentación irresistible a la que acabamos sucumbiendo todos. No hay perdón para esa pija elegantemente vestida, que ha sido sorprendida robando en un hipermercado y que intenta responder torpemente a los requerimientos de un guardia de seguridad. No hay en este festival de “sang i fetge” ni un gramo de humanidad, esto es una masacre mediática y aquí no se hacen prisioneros: la mala de esta película ha robado dos frascos de crema de belleza que valían 40 euros y la repetición “ad nauseam” de esa evidencia nos autoriza a proceder a su destrucción personal sin ningún tipo de limitación ética ni estética. El resto son gilipolleces y signos de debilidad.

Aunque a primera vista parezca un ritual de canibalismo, esto en realidad es política. En algún oscuro rincón de la maquinaria de este sistema se ha producido una avería que permite que hechos como éste jueguen un papel clave en el diseño de los asuntos públicos de este país. El PP ha filtrado la grabación del robo para deshacerse de una compañía incómoda, la oposición está encantada de apuntarse una nueva víctima a su lista de objetivos, los medios más sensacionalistas han encontrado petróleo con esta historia y la mayor parte de los mortales nos hemos subido alegremente a la ola de demagogia sin pararnos ni un minuto a reflexionar sobre el imprescindible factor humano.

Dicen los expertos que estas oleadas de violencia verbal son una reacción lógica de una opinión pública indignada ante la impunidad con que se están saldando la mayor parte de los casos de corrupción política de este país. Estaríamos ante algo parecido al derecho al pataleo, ejercido por unos ciudadanos que ven con impotencia como situaciones escandalosas se cierran sin que sus responsables reciban ningún tipo de castigo. Aunque el desahogo nos pueda parecer legítimo e incluso saludable, convendría hacer un esfuerzo para separar lo sustancial de lo accesorio, para pensar que mientras linchamos a Cristina Cifuentes por un hecho que pertenece a su esfera más íntima y más personal, el país sigue gobernado por un señor llamado Mariano Rajoy que dio cobijo y apoyo logístico a una interminable lista de políticos corruptos (incluida la protagonista de este drama) y que sigue subido en el machito como si nada de esto tuviera que ver con él.

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