¡Ojalá las cosas fueran más sencillas y nos valiera el clásico: tanta paz lleves como descanso dejas!. Se va el que ha sido (sin el más mínimo asomo de duda) el peor presidente de la historia de la Generalitat Valenciana. Este sufrido país ha tenido de todo en el sillón de mando: desde caraduras sin escrúpulos a iluminados tocados del ala, pasando por una pequeña nómina de gobernantes cabales con buena voluntad. Hemos visto toda clase de personajes, pero nunca estuvimos gobernados por un tipo capaz de irse de francachela a un restaurante durante horas, mientras el agua destruía vidas y haciendas en nuestra peor catástrofe moderna. Carlos Mazón ha puesto muy alto el listón de la incompetencia y del cinismo y en estos momentos, sólo cabe rogarle a la Divina Providencia (y a las directivas de los diferentes partidos políticos) que no permitan que en el futuro vuelva a aparecer por el Palau un presidente de esta catadura moral y humana.
Tras un año de inútil y estúpida espera, Mazón se va con los mismos argumentos que utilizó para quedarse: mentiras e intentos patéticos de buscar culpables externos de su estulticia, repartiendo dardos de pura impotencia entre el Gobierno central, entre los científicos y hasta entre los mismísimos funcionarios que actúan a sus órdenes. Cualquier cosa vale para intentar que nos olvidemos de ese párrafo del Estatuto de Autonomía en el que se señala claramente que el presidente de la Generalitat es el máximo responsable en la gestión de las emergencias.
Además de un legado de muerte y de ruina económica, el paso de Mazón por el gobierno autonómico deja una herencia política cuya digestión puede costarnos años. Las actuaciones del presidente tras la DANA han dejado el prestigio de la Generalitat Valenciana en unos niveles de miseria sólo comparables a los vividos en los primeros momentos de la preautonomía, allá por los lejanos años 80 del pasado siglo. La negativa de Mazón a admitir la responsabilidad en la gestión de la riada significaba de hecho una declaración oficial de inutilidad y una renuncia a algunas de las competencias más importantes de la administración autonómica, que por obra del político alicantino quedaba reducida (a la vista de la ciudadanía) a un cascajo vacío y carente de contenidos. La imagen de Mazón recibiendo los insultos de las víctimas en el funeral de Estado fue un justo castigo para un político carente del más mínimo resto de empatía. Sin embargo, resultaba inevitable pensar que aquel tipo aplastado por el peso de la vergüenza seguía siendo (muy a nuestro pesar) el primer representante político de los valencianos.
Se va Mazón y ni en el solemne momento de la despedida ha sabido insuflarle a su doliente discurso un poquito de grandeza. Su decisión de no convocar elecciones y de negociar con Vox el nombre de su sucesor, convierte al partido de ultraderecha en amo y señor de la política valenciana, concediéndole las llaves de todos los resortes de la autonomía. La ausencia de dignidad sigue marcando la biografía de nuestro protagonista hasta en los últimos segundos de su vida política. El político popular se coronó ayer como un personaje nefasto; como un gobernante letal y carente de humanidad, que ocupará para siempre un puesto de honor en nuestro abultado panteón de vendepatrias. La historia será implacable con él.