Cuando alguien se dedica profesionalmente a la política tiene que acostumbrarse a que todos sus actos sean analizados en clave política. Toni Francés tomó en la mañana del pasado sábado una decisión cargada de interpretaciones políticas: en vez de quedarse en Alcoy siguiendo los trabajos de extinción de un gran incendio, que aunque afectó principalmente al término de Ibi amenazaba con extenderse por todo el parque natural de la Font Roja, se marchó a Valencia para participar en un acto interno de la dirección de su partido (que aparece en el fotografía que acompaña a este artículo). Mientras los alcoyanos vivíamos con el corazón en un puño ante el temor de que el fuego devorase nuestra montaña sagrada, nuestra primera autoridad consideró que su presencia en la primera línea del frente no era prioritaria, optando finalmente por participar en un acto del PSPV, al que excusó su asistencia la mismísima delegada del Gobierno, Pilar Bernabé, porque estaba centrada en las tareas de lucha contra el siniestro del Carrascal.
Antes de entrar en materia, hay que tener en cuenta una cuestión importante. Desde el desastre cometido por Carlos Mazón durante la DANA, la relación presencial entre los políticos y las catástrofes se ha convertido en el primer tema del debate político de la Comunitat Valenciana. Desde el vergonzoso episodio del Ventorro, los ciudadanos valencianos estamos especialmente sensibilizados con la actitud de nuestros dirigentes cuando llegan aquellos momentos en los que han de dar la cara y mostrar su capacidad de liderazgo. Dicho en plata, pedir la dimisión de Mazón por su escaqueo durante la riada es incompatible con borrarse de la escena cuando las llamas están entrando en el más querido de los parajes naturales alcoyanos.
Una vez hecha esta puntualización, toca meterse en interpretaciones. La primera es la más benévola. Toni Francés ha incurrido en un enorme despiste, en uno de sus tradicionales vacíos de empatía, como el que le dio cuando decidió trasladarse a vivir a Penáguila mientras la pandemia arrasaba la ciudad. Dada la veteranía del personaje, esta hipótesis resulta poco convincente; no están los tiempos para repetir errores de principiante. Así las cosas, habrá que aceptar que nos hallamos ante una decisión meditada con la que el alcalde a lo mejor nos ha querido decir algo parecido a que “mi reino ya no es de este mundo (o sea, de Alcoy)”. Traduciendo al lenguaje callejero, esta cita bíblica se podría convertir en el clásico y castizo “para lo que me queda en el convento (después de verme desautorizado en las elecciones a la secretaría general del partido, ganadas por Lorena Zamorano) me cago dentro”.
Dada la complejidad de la personalidad política del actual alcalde de Alcoy, es difícil acertar al milímetro en el análisis de esta injustificable ausencia. De momento, lo único que está claro es que su polémica decisión (que ha dejado de pasta de moniato a muchos de sus compañeros de partido) sólo favorece a los intereses del dúo PP/Vox, que puede venderle a la opinión pública la imagen de un PSOE alcoyano dividido, desganado y con un alcalde que ya no se preocupa ni de cubrir las apariencias. Se mire por donde se mire, el asunto tiene muy mala cara.