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El improbable ángel de la alcoyanía
Javier Llopis, 4/07/2018

Cierra El Túnel y los alcoyanos acudimos en tromba a practicar nuestro deporte nacional: llorar sobre la leche derramada y cantar la vieja canción de que cualquier tiempo pasado fue mejor.Los habitantes de esta ciudad somos una gente extraña, que es capaz de tirarse horas y horas discutiendo acaloradamente sobre cosas que no tienen arreglo mientras tratamos con displicencia y superioridad cualquier iniciativa nueva que intenta darle algo de vidilla a este pueblo perdido entre montañas. Somos puñeteramente buenos para las necrológicas y no es una casualidad que un precioso cementerio modernista se haya convertido en uno de nuestros principales atractivos turísticos.

Cierra El Túnel y salen de debajo de las piedras las legiones de agoreros. El final de la bicentenaria confitería es para estos profesionales de la desgracia un nuevo clavo en el ataúd de una ciudad situada en un imparable proceso de decadencia. Aprovechando que el Pisuerga pastelero pasa por Valladolid se sacan todo tipo de lecciones delirantes y se inicia de inmediato la búsqueda de culpables. En unos cortos segundos pasan por delante de nuestros ojos todos los planes fracasados para recuperar el casco histórico, las titubeantes políticas de promoción comercial y hasta la falta de un modelo claro para el desarrollo de la economía local. Como buenos especialistas en los debates estériles, los alcoyanos no ofrecemos alternativas de ningún tipo y nos limitamos a pedir que rueden cabezas.

El paisaje urbano y sentimental de Alcoy ha sufrido un duro golpe con el cierre (por jubilación del propietario)  de esta emblemática confitería, que formaba parte de nuestra vida cotidiana y de todas nuestras grandes celebraciones festivas. Esta ciudad es un poco más fea y un poco más pobre desde que el pasado día 30 cayó la persiana de este monumental establecimiento. Se ha reproducido a gran escala (la importancia de este comercio así lo merece) la misma sensación que hemos sentido al ver morir maravillosas tiendas de comestibles, históricas droguerías, encantadoras librerías o bares de toda la vida sin cuya existencia nos sentimos huérfanos. El goteo viene produciéndose desde hace décadas y en todos los casos, el procedimiento ha sido el mismo: primero, el cierre provoca una gran discusión ciudadana; después, el debate se va disolviendo sin que nadie aporte soluciones y al final, la cosa se tranquiliza a la espera del finiquito de otro comercio entrañable para volver a empezar con el gorigori victimista.

Si se hace un esfuerzo para inhibirse del ruido generado por los coros de plañideras, se puede contemplar el asunto desde otro punto de vista. Si resulta preocupante el cierre de El Túnel, mucho más alarmante resulta el hecho que nadie en Alcoy haya dado un paso adelante para coger el relevo de esta bicentenaria pastelería tras la jubilación de sus dueños. Estamos ante un negocio consolidado y rentable, su actual propietario está dispuesto explicarle a su sucesor los secretos de unas recetas que han cosechado fama y honores y sin embargo, no aparece ningún voluntario dispuesto a continuar con la empresa. El famoso espíritu emprendedor con el que los alcoyanos nos solemos adornar queda en entredicho a la vista de esta situación.

El final de El Túnel pone en evidencia una afirmación incómoda pero real: el Alcoy del futuro será el que quieran construirse los alcoyanos. En cuestiones como ésta no caben las intervenciones milagrosas, a pesar de que muchos habitantes de esta ciudad parecen creer ciegamente en la existencia de un justiciero ángel de la alcoyanía capaz de impedir el cierre de confiterías maravillosas cuando sus dueños se jubilan y de lograr por arte de magia la reapertura del Bar Tropical y del Torrero de una sola tacada.

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COMENTARIOS

  1. Jordi says:

    Tota la raó. Però segons es comenta, sembla que ressucitar El Túnel ronda els 600.000€. No potser un traspàs de bades, però pot resultar un preu excessiu per molta gent que podria continuar amb el negoci.

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