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El verano de la culpabilidad
Cruzado el ecuador del mes de julio, nadie tiene muy claro si la gente que se va a las playas a disfrutar de su merecido descanso son veraneantes o son focos de infección con patas
Javier Llopis, 19/07/2020

Si te quedas en casa, estás arruinando a la hostelería y al maltrecho sector turístico. Si haces de tripas corazón, te vas de vacaciones y decides participar en paellas y cenitas de amigotes, eres uno de esos canallas irresponsables que está contribuyendo a la aparición de nuevos rebrotes del coronavirus. ¡Bienvenidos al verano de la culpabilidad!; un extraño periodo de tiempo en el que hagas lo que hagas, sobre ti pesará en algún momento del día el fantasma de la mala conciencia y la terrible sensación de que estás haciendo algo mal y no sabes exactamente qué.

Un hombre va caminando por la orilla del mar a cara descubierta, se cruza con una anciana enjuta con el rostro embozado por una mascarilla de sulfatar olivos, la señora lo mira con el mismo gesto de odio y de miedo que le dedicaría a un leproso y se hace a un lado en un brusco movimiento que casi acaba con ella en el agua; mientras, el protagonista de esta historia  intenta marcar la distancia de seguridad, saltando hasta  tropezar con una familia arremolinada debajo de una sombrilla. Estamos ante una situación típica del verano de 2020; un periodo vacacional anómalo en el que los clichés de toda la vida (sol, playa, paella y chiringuito) intentan sobrevivir al peso de la amenaza de un virus letal. Estamos ante una misión imposible: simultanear la alegría de las vacaciones con el temor a la enfermedad y a la muerte. La búsqueda de la normalidad en medio de este ambiente de sospecha general está condenada al fracaso.

A favor de los ciudadanos de a pie, hay que tener muy claro que ellos no tienen ninguna culpa de vivir aquejados por este estado de paranoia permanente. Desde el día en que se levantó el confinamiento domiciliario y mientras se iban dando pasos graduales hacia la denominada nueva normalidad, sobre la gente corriente y moliente ha caído un auténtico diluvio de órdenes y de consejos contradictorios. Gobiernos, administraciones autonómicas, periódicos de rancio abolengo, televisiones públicas y privadas, emisoras de radio de todos los colores y la inevitable legión de genios y de pirados que puebla internet llevan varios meses diciéndonos un día una cosa y al día siguiente la contraria. Las páginas de viajes de la prensa se llenan de artículos aconsejándonos lugares paradisiacos para pasar “las maravillosas vacaciones del confinamiento”, mientras la sección de nacional nos cuenta la tristísima historia de una familia de Calatayud que provocó un dramático rebrote con un acto tan inocente como la celebración del 90 cumpleaños de la abuela.

Cruzado el ecuador del mes de julio, nadie tiene muy claro si los ciudadanos que se van a las playas a disfrutar de su merecido descanso son veraneantes o son focos de infección con patas. Mientras en todas las tribunas públicas aparecen profetas del desastre, anunciando que vamos de cabeza hacia un confinamiento peor que el del mes de marzo y hacia un siniestro paisaje de hospitales colapsados, ninguna autoridad competente es capaz de darnos unas instrucciones claras para resolver este enervante dilema. Este silencio atronador se puede deber a dos causas posibles. La primera es de cajón: no tienen ni puta idea y se están limitando a improvisar en torno a una crisis sanitaria que cada día les sorprende con nuevos aspectos desconocidos. La segunda pertenece al terreno de la política: intentan quedar bien con todo el mundo, resolviendo una ecuación endiablada en la que se quiere conjugar la salud de los ciudadanos con la economía de las empresas de un sector turístico que emplea a millones de personas.

Encaramos pues, un periodo estival sin verbenas de pueblo, sin Sanfermines, sin clases de aerobic en las playas, sin el Tour en las sobremesas, sin festivales de rock, sin besos, sin abrazos y con mascarilla obligatoria (de momento). Transeúntes caminando temerosos por el paseo marítimo en medio de un panorama desolador de bares y restaurantes semivacíos. El verano de 2020 está haciendo todos los esfuerzos posibles para convertirse en un verano de mierda.

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