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Javier Llopis, 11/04/2020

La frase clave es aquella cita evangélica que decía “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. En el idioma especial de la pandemia esta afirmación se podría traducir más o menos así: que levante el dedo el que no haya hecho algún chiste racista de chinos sobre el presunto alarmismo creado en torno al virus o que dé un paso al frente el que no haya dicho en algún momento que el coronavirus era menos problemático que una gripe normal. Todos la hemos cagado; desde las más altas esferas del Gobierno, a los partidos de la oposición, pasando por varios millones de ciudadanos de a pie y por una pequeña legión de científicos cargados de honores académicos.

Arrancaba marzo y València celebraba una multitudinaria Crida fallera. La prensa “seria” de la capital del Reino se presentaba en los quioscos con titulares enormes del tipo “Las Fallas pueden con el virus”, que recibieron el aplauso unánime de la afición como si se tratara de las crónicas de una gran hazaña. Unas semanas antes, en Barcelona se había suprimido una gran feria tecnológica alegando los problemas que podía generar la crisis sanitaria; mientras, la práctica totalidad de los medios periodísticos nacionales coincidían en afirmar que los organizadores del certamen habían utilizado el coronavirus como una excusa perfecta para huir de una Cataluña tensionada por el independentismo. Avanzaba el mes y se producían violentos debates sobre la celebración de partidos de fútbol a puerta cerrada; grupos de hinchas desoían las recomendaciones sanitarias y se concentraban a la puerta de los estadios para animar a su equipo y para infectarse en medio del amor a los colores. En Alcoy, ni los más agoreros se planteaban un aplazamiento de las Fiestas de Moros y Cristianos, la decisión parecía un sacrilegio imposible.

Ha pasado apenas un mes de todo aquello, pero parece que haya sido una eternidad. Las estadísticas (casi 16.000 muertos y 157.000 enfermos), los hospitales saturados, las morgues improvisadas en polideportivos, las calles vacías por el confinamiento y los interminables debates sobre mascarillas nos recuerdan cada día que cometimos un gigantesco error de cálculo. Presidentes de Gobierno de todo el mundo –desde nuestro denostado Pedro Sánchez al chulo británico Boris Johnson, pasando por el mismísimo Trump- tuvieron que asumir la inmensa cagada y hacer de tripas corazón para comparecer ante la opinión pública sin que se les cayera la cara de vergüenza. Todos, absolutamente todos, actuaron aplicando la misma táctica del patético alcalde de la película “Tiburón”, que temeroso de las repercusiones turísticas no cerró las playas de la isla hasta que el terrible escualo de cartón piedra había devorado una cantidad respetable de veraneantes.

Como vivimos sometidos a un sistema de poder piramidal, hay que tener muy claro que la primera responsabilidad de este histórico fallo de previsión recae sobre las personas que nos gobiernan. Ellos tenían en sus manos la información y los medios necesarios para reducir el impacto de este drama y por alguna extraña razón decidieron mirar hacia otro lado. En su descargo (nunca justificación) hay que subrayar un dato importante: la oposición no habría dudado ni un momento en hacerlos trizas si hubieran aplicado medidas restrictivas cuando apenas había casos de coronavirus. ¡Se imaginan la que se habría liado, si en el mes de febrero se anuncia la suspensión de las Fallas, de la Semana Santa o de las Fiestas de Moros y Cristianos de Alcoy!.

Enfrentados al brutal impacto de la crisis sanitaria y económica, sólo nos quedan dos opciones. La primera es un ejercicio de desahogo absolutamente estéril, que consiste en buscar culpables y en volcar sobre ellos toda nuestra ira y toda nuestra frustración. La segunda es más complicada, ya que pasa por asumir que todos pusimos nuestro granito de arena para construir este estado de ceguera colectiva y por aparcar los reproches para arrimar el hombro y buscar una salida civilizada. Se trata, en fin, de elegir entre seguir buscando petróleo político por los territorios de la furia o  sumarse a un esfuerzo de reconstrucción en el que harán falta todas las manos posibles.

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