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Javier Llopis, 18/04/2020
FOTO: PACO GRAU

En un mundo perfecto, unos cuantos miles de alcoyanos estaríamos hoy resacosos tras una intensa noche de entraetes. En un mundo justo, este domingo nos vestiríamos de punta en blanco para ver la Gloria Infantil, tomarnos unas cervezas en la Plaça de Dins y disfrutar con una de esas mascletaes light a las que nos han condenado las reducidas dimensiones de la  Plaza de España. En un mundo como Dios manda, esta ciudad viviría sumergida en ese especial estado de nerviosismo colectivo que  precede a los días grandes de sus Fiestas y en vez de eso, estamos todos encerrados, asustados y rebuscando alguna terapia sustitutiva que nos permita superar el trauma festero sin excesivos desperfectos en el alma.

La versión oficial para los folletos turísticos asegura que las Fiestas de Moros y Cristianos son un grandioso espectáculo con multitudinarias coreografías de calle, una potente tradición secular y una pasarela en la que cargos y filaes muestran su imaginación y su poder creativo. La realidad es mucho más sencilla y mucho más profunda. Las Fiestas de Moros y Cristianos son algo así como el centro de gravedad sentimental de una ciudad cuyo calendario anual gira alrededor de estos días de abril. Entre pasodobles, olor a puro habano y desfiles de escuadras, los alcoyanos hacemos girar el ciclo de la vida arrancándolo desde estas jornadas señaladas. Los chavales se corren su primera juerga, los jóvenes se ennovian, los tipos serios se desmadran, los tipos divertidos se divierten aún más, los matrimonios se reconcilian o se rompen para siempre y la gente de más edad recorre caminos de nostalgias y reproduce viejos rituales en busca de los brillos y de las emociones del pasado.  Festeros y no festeros participan por igual en esta rueda que celebra la llegada de la primavera y en la que no falta ningún elemento de la esencia mediterránea: bandas de música haciendo un inacabable recorrido sonoro, truenos de pólvora y sobre todo, gente –mucha gente- llenando las calles y las plazas en un ruidoso y descontrolado encuentro social.

Situados ante la evidencia de que estos festejos van mucho más allá de las estructuras institucionales, de las inversiones millonarias y de los rigores organizativos, toca preguntarse cómo demonios digiere una comunidad la desaparición (o el aplazamiento) de un acontecimiento de esta relevancia social. La respuesta a este interrogante es complicada, ya que la última experiencia de supresión se remonta a los lejanos tiempos de la Guerra Civil. El estado de normalidad festera se ha prolongado por espacio de 80 años, en una continuidad que ha llegado a convencer a muchos alcoyanos de que las Fiestas eran un evento indestructible, capaz de superar todas las adversidades de la Historia.  El dramático impacto del coronavirus nos ha colocado ante la puñetera realidad, convirtiendo todos los grandes temas festeros en asuntos secundarios. Resulta complejo hablar de escuadras especiales y de caballeros mientras nos estamos jugando la salud y un futuro de desastre económico.

Toca pues empezar a asumir esta frustración, que convertirá 2020 en un año negro en el que Alcoy tendrá que enfrentarse con el mundo sin el desahogo de esos días de catarsis festiva. Para el futuro inmediato se plantean dos alternativas.  La primera es trasladar los festejos a octubre, intentando arañar algunos pedacitos de la magia abrileña y planteando la improbable escena de  miles de alcoyanos cantando “riu en lèsfera la primavera” bajo un cielo otoñal. La segunda se ajusta más a las tristes previsiones de la pandemia y consiste básicamente en arrojar la toalla y en esperar a que lleguen tiempos mejores. Poblaciones como Ibi, Muro y Castalla ya han optado por este ejercicio de realismo y se teme que en breve muchas otras ciudades de la Comunitat Valenciana se verán obligadas a tomar este mismo camino.

Se opte por la solución que se opte, lo único cierto es que esta primavera nos la han jodido bien. A lo largo de la próxima semana, los alcoyanos colgaremos la bandera de San Jorge en los balcones, cantaremos el Himno de Fiestas con nuestros vecinos de bloque y aplaudiremos a capitanes y alféreces imaginarios. Buscaremos mil y un artificios para llenar este inmenso hueco, haremos todo el ruido posible para olvidarnos de las penas y por la noche soñaremos con abriles soleados y con gente sin mascarilla, que se abraza y que celebra la vida en medio de unas calles abarrotadas cubiertas con un manto de serpentinas y de confeti.

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