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Conozco un tipo que estaba en la terraza de un bar, que intentó beberse un tercio de Mahou sin quitarse la mascarilla y que acabó perdido de cerveza. Hay fumadores que han quemado una buena cantidad de guantes de látex mientras intentaban encenderse un cigarro. Y se han dado casos de brillantes economistas que tardan más de diez minutos en sacarse el dinero del bolsillo y en hacer la cuenta para pagar en la panadería. Son ejemplos claros de una de las más inesperadas consecuencias de dos meses de coronavirus y confinamiento: la apexinamenta general.

En primer lugar, hay que responder a una pregunta fundamental: ¿qué es exactamente estar apexinat?. En alcoyano coloquial este concepto se utiliza para referirse a personas que sufren una repentina pérdida de agudeza intelectual, esporádicos ataques de estupidez y dificultades para ejercer funciones rutinarias. Hay que subrayar que la apexinamenta alcoyana no es una dolencia psicológica grave. Estamos ante un mal transitorio, que igual que viene se va. Habitualmente, este estado de somordor temporal viene provocado por factores externos, que provocan en el afectado una situación de desorientación general y de tontuna. Todos los alcoyanos hemos estado apexinats en algún momento de nuestras vidas y la gran mayoría hemos regresado desde Pexinalandia al planeta Tierra sin sufrir más contratiempos que unas cuantas burlas crueles por parte de los amigos y de la familia.

Hasta los investigadores más escépticos y puntillosos reconocen que el brutal impacto de la pandemia ha desatado una oleada de apexinamenta. Aunque nos cueste reconocerlo, estamos todos un poco más lentos, un poco más torpes y un poco más cortitos de reflejos. Tenemos motivos más que sobrados para justificar este cambio. Dos meses de encierro en nuestras casas, el miedo a la enfermedad y a la muerte, la preocupación por el futuro económico, la sobredosis de tertulias y la ruptura de la normalidad cotidiana han provocado una comprensible reacción de autodefensa. No estábamos preparados para un mundo disciplinado de guantes, de mascarillas asfixiantes, de colas ante el Mercadona, de circular por la derecha cuando nos dejan un rato libre para pasear y de bares sometidos a más medidas de seguridad que una central nuclear. Miles de gestos diarios se han visto drásticamente modificados y eso es muy difícil de digerir sin quedarse apexinat. Los alcoyanos, además, hemos pagado un peaje suplementario en este extraño viaje por lo desconocido: la traumática amputación de nuestras Fiestas de Moros y Cristianos, que ha convertido el calendario de este 2020 en un paisaje devastado.

Visto que hay una base científica para explicar la apexinamenta, ahora lo que toca es asumirla con tranquilidad y con espíritu constructivo. Hay que ser paciente con aquellas personas que se eternizan consultando marcas de tabaco en el estanco del barrio, hay que disculpar a esas parejas acarameladas que cruzan el puente de San Jorge a paso de tortuga poniéndonos de los nervios y hay que perdonar a esos pelmazos que gastan tanto tiempo comprando una mascarilla en la farmacia como el que gastarían para comprarse un traje para la boda de su hijo. Hay que ser conscientes de que en algún momento de esta interminable pandemia, nosotros habremos sido igual de insoportables que ellos.

NOTA FINAL. Existe una línea de investigación muy sólida, que señala que la apexinamenta podría haberse extendido más allá de las fronteras del término municipal de Alcoy. Según sus defensores, esta teoría explicaría algunas de las decisiones incomprensibles del Gobierno central, así como el errático comportamiento de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Otros sectores más críticos, rechazan de forma radical esta versión de los hechos y señalan que estos personajes políticos ya venían apexinats de casa.

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