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Punto de vista
La pandemia se echa al monte
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Punto de vista
La alcoyanía en los tiempos del cólera (y 23): balance de daños personales
Crónicas del coronavirus en la industriosa ciudad del Serpis
Javier Llopis, 31/05/2020

En las películas de guerra, cuando un acorazado recibe el impacto de un torpedo enemigo, el capitán del barco se dirige inmediatamente al primer oficial para pedirle que haga un balance de daños. Entre humaredas, explosiones y gemidos de la marinería herida, se hace una rápida evaluación de la situación de la nave, para ver si está en condiciones de flotar o si amenaza con un rápido hundimiento.Cumplidos dos meses y medio desde el estallido del coronavirus, nos toca hacer balance de un acontecimiento que en cuestión de días ha puesto en duda todas nuestras certezas mientras fulminaba todas nuestras seguridades. Ahí va una somera lista de desperfectos estrictamente personales.

1-ASUSTADOS. El miedo es, sin ningún género de dudas, la peor herencia de esta crisis sanitaria. El temor justificado a la muerte (cerca de 30.000 fallecidos es una cifra traumática de por sí) y a la enfermedad nos ha convertido en seres huidizos y suspicaces que recorren las calles embozados tras una mascarilla. La sensación de que sanitariamente todo estaba controlado ha saltado por los aires, tras comprobar que nos están pasando cosas que creíamos que sólo pasaban en los países del lejano Tercer Mundo.

2-POBRES. La paralización total de la actividad a causa de la pandemia ha supuesto un golpe en la línea de flotación de nuestra economía. Mientras crecen las listas de parados y los gobiernos aprueban medidas asistenciales por vía de urgencia, nos enfrentamos a una pregunta angustiante de difícil respuesta: ¿Hasta dónde pueden llegar los niveles de miseria provocados por este desastre?. Como manda la siniestra tradición de la economía de mercado, las clases más débiles son las víctimas principales de esta enorme convulsión, que amenaza con generar una sociedad aún más injusta, condenada a convivir para siempre con unas enormes bolsas de pobreza.

3-CABREADOS. La ira es el otro gran legado de estos días negros. La incertidumbre permanente, la falta de respuestas claras para un problema inédito y la constatación de que no hay nadie que tenga la fórmula mágica para salir del atolladero han hecho que millones de ciudadanos hayan optado por la reconfortante vía del cabreo. Sólo hay que asomarse a ese nuevo patio de vecindad que son las redes sociales para encontrarse con esa tóxica oleada de odio y de fanatismo. Los de derechas arremeten contra el Gobierno, los de izquierdas arremeten contra los de derechas y todo el mundo intenta encontrar un culpable sobre el que volcar su inagotable caudal de impotencia y de rabia.

4-CONFUSOS. La brutal modificación de nuestra normalidad cotidiana a causa de las medidas de  prevención sanitaria y la decepcionante falta de consensos entre los políticos han hecho aparecer una nueva subespecie humana: el ciudadano desorientado. La confusión es otro de los grandes males de la pandemia. Por si esto fuera poco, el papel de referentes que han  jugado tradicionalmente  los medios de comunicación ha quedado muy diluido por la fuerte crisis que afecta al sector, por la servil subordinación de muchas empresas periodísticas a los poderes políticos o por la pura irresponsabilidad de los que intentan pescar algo de audiencia en el río revuelto.  Internet y las redes sociales han fracasado estrepitosamente como canal de información alternativo, consolidándose como un manicomio sectario y con una fiabilidad escasísima.

5-RECONSTRUCCIÓN. Con este material humano -seriamente tocado- se ha de acometer la reconstrucción de una sociedad traumatizada por la magnitud absolutamente inesperada de la catástrofe. Los encargados de pilotar este proceso (¡Vaya usted a saber quiénes serán!) deberán tener en cuenta que estarán trabajando con gente muy jodida, con personas colocadas en una situación límite, que no se van a conformar con unas cuantas frases de propaganda y que exigirán acciones claras, efectivas y contundentes.

La vieja frase que decía “todo lo que no te mata te hace más fuerte” queda muy bien para los discursos, pero está muy lejos de la puñetera realidad. Puede que la crisis del coronavirus no nos haya matado, pero nos ha pegado una paliza que nos ha dejado baldados.

 

 

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