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Javier Llopis, 2/05/2020
FOTO: PACO GRAU

Los deportistas van perfectamente equipados para la solemne ocasión. Los paseantes han optado por un look informal tipo “berenaret de Pascua” para estrenar el primer día de libertad vigilada tras la larga noche del confinamiento. Ésta es una crónica apresurada de una primera Vuelta a los Puentes después de una espera interminable. El abajo firmante ha descubierto algunas cosas de interés; la más extraña es que el Ayuntamiento ha montado y ha desmontado el Castillo de Fiestas mientras nosotros estábamos arrestados en casa mirando series.

En la parada del autobús del Hotel Reconquista las palomas han cagado como si no hubiera un mañana, en una clara demostración de que la Madre Naturaleza recupera sus espacios en cuanto alguien le deja una ocasión (en Dénia tienen delfines en el puerto; en Alcoy, palomas cagonas). La calle es un desfile de modelos de mascarillas, hay para todos los gustos: gente armada como si fuera a retirar escombros de la central nuclear Chernobyl y tipos que cruzan la ciudad con un leve trocito de tela, que se retiran tranquilamente a la hora de fumarse un cigarrito.

Los taxistas esperan en las paradas a clientes improbables. En la fachada de un edificio del centro lucen las enseñas con la imagen de la Virgen de los Lirios y una gran bandera de España, en una expresión gráfica y rotunda del “a Dios rogando y con el mazo dando”. Los parques aparecen tomados por el personal de Protección Civil y algunas parejas pasean cogiditas de la mano en una clara demostración de que el verdadero amor está por encima de los virus y de las infecciones.

Primera conclusión del trabajo de campo: Alcoy, sin bares se queda en nada. La angustia se apodera del viandante cuando comprueba que puede recorrerse todo el casco urbano de la ciudad sin encontrar ni un solo sitio en el que tomar un café, una tostada con aceite o una cerveza con un plato de callos. Segunda conclusión: la falta de ruido es asfixiante; se parece a un domingo de agosto, pero flota algo amenazante en el ambiente. Cada diez minutos pasa por la calzada alguna camioneta de reparto o un autobús urbano vacío, ver “un coche particular” es como encontrar un trébol de cuatro hojas. Tercera conclusión: la gente lleva muchos días sola y tiene ganas de hablar; cuando se encuentran dos conocidos, les barselles de carrer se convierten en auténticas mesas redondas sobre el coronavirus, en las que todas las efusividades funcionan a nivel verbal, ya que el contacto físico y la cercanía están totalmente prohibidos.

Continúa el paseo. La enramada festera sigue en su sitio, empeñada  en hurgar en la herida y en recordarnos que nos hemos tragado el mes de abril más asqueroso de nuestras vidas. El termómetro de la farmacia marca 20 grados a las diez de la mañana, las manos sudan debajo de los guantes y los peatones hacen extrañas maniobras para mantener la distancia de seguridad; es una mezcla del Baile de San Vito y de una partida delirante del juego infantil “paro y disparo”.

A lo largo de la caminata urbana, uno se siente poseído por la misma sensación eufórica que tenía cuando le daban un fin de semana libre en la mili (en la Marina lo llamaban Franco de Ría, vaya usted a saber por qué). El corto periodo de esparcimiento acaba con una batería de preguntas de difícil respuesta: ¿en qué se diferencia un deportista de un paseante?, ¿si uno va vestido con el catálogo completo de Decathlon puede acogerse a los beneficios horarios de los runners sin necesidad de ir corriendo por ahí? o ¿puede estar todo el día en la calle un ciudadano que tiene perro, niños, mayores que cuidar y es aficionado a los paseos y al maratón?. Ahí lo dejo.

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COMENTARIOS

  1. luis guitart martinez says:

    molt bo m’agradat

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