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Crónicas del coronavirus en la industriosa ciudad del Serpis
Javier Llopis, 24/03/2020

Algo hemos adelantado. En la Edad Media, cuando se producía una gran epidemia, los cristianos viejos les echaban la culpa a los judíos e inmediatamente montaban una turba violenta con antorchas y arrasaban las juderías, dejando un rastro de muerte y de destrucción. Olvidados los tiempos de los pogromos, ahora el odio ha encontrado un canal de salida indoloro pero igualmente repugnante: las redes sociales.

Han pasado un montón de siglos, pero el mecanismo mental sigue siendo el mismo. Enfrentados al miedo a una catástrofe incontrolada, millones de españoles se fijan rápidamente un doble un objetivo: encontrar culpables y descargar sobre ellos en forma de insultos todas las inseguridades que se derivan de la incertidumbre ante un presente oscuro y ante un futuro amenazante en los que se ven afectados aspectos tan básicos de la vida como la salud, el trabajo y la economía. Internet es en estos días inciertos un territorio violento en el que apenas hay cuartel para el enemigo. El tono se va endureciendo conforme pasan los días de confinamiento y conforme aumenta la sensación de impotencia y de soledad de una ciudadanía que se enfrenta a una situación totalmente desconocida y que quiere encontrar una explicación rápida y sencilla a un problema muy complicado.

Los de derechas acusan a las feministas y al gobierno de Pedro Sánchez del desastre del coronavirus y de sus intervenciones  se desprende un asqueroso juguillo de satisfacción cada vez que algo sale mal. Los de izquierdas intentan tapar los errores evidentes que se han producido en la gestión de la crisis con alusiones a las políticas privatizadoras del PP, que aunque fueron un desastre no sirven para justificarlo todo. Los independentistas catalanes, como no podía ser de otra forma, culpan a España de las muertes y de las infecciones que se han producido en su jurisdicción, que por cierto es una de las que más recortes sanitarios sufrió con gobiernos de CiU (ahora JxCat). Los de misa diaria arremeten contra la degradación de una sociedad que se ha alejado de Dios y de los principios morales. Los anticlericales hacen todo tipo de piruetas argumentales para meter a los curas y a las monjas de malos en esta historia.  Los republicanos la emprenden con el Rey y los monárquicos le atribuyen al monarca poderes casi milagrosos. Los antimilitaristas convierten casi en un golpe de Estado la efectiva intervención asistencial de la UME y los militaristas  aseguran que la disciplina militar nos va a curar todos los males. Y así, sucesivamente hasta conseguir un ambiente irrespirable, que se podría resumir con aquella histórica frase de Pedro Manquiña en Airbag: “aquí, van a haber hondonadas de hostias”.

Por fortuna, hay vida más allá de internet. Hay millones de personas que se saludan por debajo de la mascarilla en la tienda del barrio, que se ceden el paso en una cola o que se orientan unas a otras en una situación de duda. La crisis del coronavirus está poniendo en evidencia a las redes sociales, dejando muy claro que se trata de un mundo falso y sobreactuado, que poco tiene que ver con la realidad cotidiana.

Aunque la soledad y las largas horas de inactividad conducen a meterse de cabeza en este morboso universo de gente cabreada, conviene hacer un pequeño esfuerzo y dosificar al máximo las inmersiones. Su salud mental se lo agradecerá.

 

 

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