La versión oficial está clara y no hace falta ser un genio para entenderla. El polígono industrial de la Canal (y con él, el futuro económico de Alcoy) lleva 30 años parado por un malvado grupo de ecologistas, empeñado en arruinar esta ciudad. Esta teoría (de los mismos autores del exitoso hit neocon “Los ecologistas tienen la culpa de los incendios forestales”) atribuye superpoderes a un modesto grupo de ciudadanos amateurs, que apenas sin medios y que a base de echarle horas de su tiempo libre consigue derrotar una y otra vez a poderosos ayuntamientos, a mastodónticas administraciones autonómicas y a empresas cargadas de millones. Los impulsores de esta estúpida línea de pensamiento esconden hechos muy importantes en la búsqueda de un atajo para convertir la mentira en una verdad hecha a la medida de sus intereses: las denuncias del ecologismo han sido ratificadas por las sentencias de los más altos tribunales de la nación y partidos claramente favorables al proyecto (como el PP) dejaron pasar 11 años en el poder municipal y autonómico sin mover ni un solo papel para convertir en realidad una iniciativa que consideraban de vital y urgente.
Aguantar tres décadas de esta insoportable tabarra nos da derecho a los alcoyanos a replantearnos este discutible reparto de responsabilidades. ¿Y si nos olvidamos de una puñetera vez de los “malditos” ecologistas y volvemos la vista hacia el otro lado?. Hacia las organizaciones empresariales, hacia las instituciones económicas, hacia los gobiernos y hacia los partidos empeñados en defender durante años y años un proyecto irrealizable, mientras rechazan de manera radical y frívola la posibilidad de estudiar alguna alternativa. Tras constatar durante treinta años las falacias del “bando” favorable a la Canal, no es descabellado empezar a pensar que son ellos los verdaderos culpables de que Alcoy apenas haya creado suelo industrial; que son ellos los que han embarrancando a esta ciudad en un bucle interminable que debería estar superado desde hace mucho tiempo. Es difícil explicar el patológico encabezonamiento en el que se han visto sumidos algunos de los más destacados representantes de la clase política y empresarial alcoyana, sólo se puede apelar a una nefasta combinación de elementos: ausencia total de imaginación y de visión de futuro, desprecio o desconocimiento absoluto de las nociones más básicas sobre la gestión del territorio y seguidismo ante el continuado runrún generado por oscuras operaciones especulativas en las que algunos ilustres próceres locales confunden el beneficio de sus bolsillos con los intereses generales de la ciudad.
En medio de su enésima reaparición, la polémica de la Canal vuelve a ser carne de debate. El gobierno municipal difunde un informe hecho por sus técnicos, que viene a decir prácticamente lo mismo que han dicho decenas de informes anteriores: el proyecto plantea serios riesgos para el acuífero del Molinar, afecta áreas protegidas y su puesta en marcha haría necesarias medidas correctoras que encarecerían el precio del suelo hasta extremos inasumibles. En su tradicional línea de ambigüedad calculada, el alcalde (uno de los responsables de la última resurrección del plan) niega lo evidente y dice que a pesar de la claridad de este dictamen, todavía no se puede dar el asunto por cerrado.
En cuestión de horas, la Cámara de Comercio lanza una feroz contestación contra el primer edil, que mientras nadie demuestre lo contrario sigue siendo la primera autoridad democrática de la ciudad. Ampliando hasta extremos imposibles su arco de competencias, la institución empresarial reprende al Ayuntamiento por no haber presentado un informe positivo al proyecto y expresa su total confianza en que la intervención del Consell nos lleve a todos a buen puerto. ¡Sí señores, el mismo Consell del Ventorro y la Dana, será el que decidirá sobre las claves del desarrollo futuro de Alcoy!. Sobre las declaraciones de la dirección cameral flota el mismo sentimiento condescendiente que marca desde hace décadas el discurso de los defensores de la Canal: las leyes sobre protección de la Naturaleza y del acuífero son minucias, cuyo cumplimiento no debe frenar el paso triunfal de los hombres que mueven Alcoy, el respeto a la legalidad es una bobería propia de espíritus débiles y el territorio está ahí para que los chicos listos hagan suculentos negocios con él. Todo lo demás son zarandajas y pecados de lesa alcoyanía.
Empieza otra batalla de la Canal. Empieza otra carrera absurda de estudios técnicos, pleitos jurídicos y de maniobras políticas. La experiencia nos enseña que esta ciudad desperdiciará unos cuantos años en este nuevo viaje a ninguna parte, que ya empieza a ser agotador. El empeño de algunos en hacer un polígono industrial donde las leyes del sentido común y de la seguridad ambiental dicen que no se puede hacer un polígono industrial nos vuelve a llevar a un callejón sin salida. Tras años haciéndose las víctimas dolientes del ecologismo radical y cantando un impostado gorigori, los impulsores de este proyecto imposible deben empezar a asumir responsabilidades y a reconocer que llevan treinta años haciendo que esta ciudad se rompa la crisma estrellándose contra un muro insalvable.