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Javier Llopis, 29/07/2018

¡Y mira que les pedían poco…!. Les bastaba con esquiar en invierno, con lucir palmito en el yate durante el verano, con acudir de punta en blanco a los grandes saraos culturales y benéficos, con ofrecer una docena de discursos anodinos al año, con lavar los trapos sucios en casa y con comportarse como una familia medianamente normal de cara al exterior. A cambio de eso, recibían el grado máximo de reconocimiento social, una desahogada posición económica hereditaria de padres a hijos y el privilegio ser tratados como los primeros ciudadanos del país.

No tenían que levantarse a las siete de la mañana para coger el autobús del trabajo, no tenían que aguantar las arbitrariedades de ningún jefe insoportable, no tenían que mirar la cartilla del banco a final de mes y ni siquiera tenían que preocuparse de las críticas que recibe todo personaje público, ya que un unánime velo de silencio los protegía de la mirada escrutadora y cabrona de los medios de comunicación.

Formar parte de la familia real en este país era un auténtico chollo. En una España que convierte en tema de bronca violenta hasta las cosas más sagradas, la monarquía era una excepción que estaba por encima del bien y del mal, siendo muy minoritarios los sectores de opinión que cuestionaban abiertamente la existencia de una institución medieval difícilmente explicable desde los parámetros de la política moderna. Reyes, príncipes, infantas y demás componentes de este exclusivo club vivían envueltos en el almíbar de las alabanzas perpetuas y hasta el más mínimo de sus gestos era saludado con artículos y editoriales laudatorios. Los pactos de la Transición diseñaron un tupido perímetro de protección alrededor de la Casa Real y la verdad es que durante años el parapeto funcionó con una efectividad total.

Y de repente; un día, todo esto se fue a la mierda. En muy poco tiempo, la monarquía pasa de la placidez absoluta a verse situada en el centro del huracán político. Crece hasta niveles inimaginables el número de españoles que cuestionan la continuidad de la institución y el Congreso de los Diputados se llena de partidos que defienden sin ningún tipo de traba la llegada de la República. Lo que antes era aprobación general se convierte ahora en un áspero debate. Aunque se intenta enmascarar este cambio con oscuras campañas conspiranoicas o con la aparición de populismos demagógicos, lo cierto es que la casa real ha llegado a esta complicada situación por méritos propios, por la acumulación de una serie de torpezas injustificables, que la han convertido en una efectiva máquina de fabricar republicanos.

En solo unos meses, se ha dilapidado un enorme patrimonio de prestigio y de popularidad. En medio de la peor crisis económica que vivió el país desde los lejanos tiempos de la Gran Depresión, la monarquía española se convirtió en un bochornoso espectáculo de cacerías de lujo, comisiones millonarias, rubias despampanantes y yernos trincones entrando en la cárcel. La ejemplaridad, uno de los pilares fundacionales de la institución, desapareció borrada por los escándalos y millones de españoles, más tiesos que la mojama por los recortes, decidieron que actitudes como éstas no tenían perdón de Dios. A partir de ahí, se destapó el frasco de la mala leche y cualquier paso que diera un miembro de la familia real era examinado al microscopio con el claro objetivo de darle leña hasta en el carnet de identidad. Ni que decir tiene que las teles, los periódicos y las redes sociales se apuntaron entusiasmadas al bombardeo, desapareciendo en cuestión de horas la famosa protección mediática.

No se sabe si el mandato voluntarioso de Felipe VI resistirá este masivo asalto a la imagen pública de esta singular empresa familiar.  De momento, lo único que está claro es que el legado de los últimos años de Juan Carlos I será muy difícil de digerir. Además de dejarnos unos cuantos ejemplos de ética dudosa, la actitud de la institución durante ese nefasto periodo de tiempo ha tenido el don de la inoportunidad. En un país convulso, que discute la pervivencia del Estado del bienestar, el modelo territorial y el funcionamiento de los partidos políticos, la introducción del debate sobre la monarquía es un factor de tensión añadida absolutamente innecesario, que solo se puede resumir con aquella frase castiza que decía: éramos pocos y parió la abuela.

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COMENTARIOS

  1. Manel Rodríguez-Castelló says:

    Sembla desprendre-se’n, del teu article, Javier, la idea que el problema de la monarquia no és intrínsec a la seua naturalesa i objectius (una institució obsoleta dedicada a fomentar els negocis familiars i assegurar la unitat d’Espanya per a major glòria de les elits extractives) sinó a la torpitud amb què Joan Carles I i cia. han estat incapaços d’amagar-ho davant l’opinió pública gràcies a la complicitat dels grans mitjans de persuasió de masses. Ho hem entès bé? Els ha faltat discreció i intel·ligència a aquests sàtrapes per continuar saquejant l’Estat pels segles dels segles! Quina llàstima que la realitat siga tan tossuda i que acabe per mostrar les seues vergonyes. És ‘innecessari’, doncs, el debat monarquia/república? Al meu parer no solament no és innecessari sinó indispensable si es vol transformar el règim caduc de 1978, sustentat en aquesta engany i alguns altres, en una democràcia moderna. O potser és que no es tracta d’això i de tot el que porta aparellat (el reconeixement al dret a l’autodeterminació dels pobles, per exemple), no ho sé.

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