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Punto de vista
La pesadilla del “pagar pa patir”
Si una frutería tratara a sus clientes como los trata un banco, se arruinaría en menos de una semana
Javier Llopis, 19/10/2020
Lionel Barrymore aplicándole las leyes de la banca moderna al pobre James Stewart en "¡Qué bello es vivir!"

Asuntos como la pandemia, la crisis económica, el problema catalán y el debate sobre la monarquía han desplazado de la actualidad un problema dramático, que afecta cada día a millones de españoles. En la calle flota como una verdad dolorosa e incontestable una situación que debería indignarnos a todos: desde hace unos años, los bancos (con alguna excepción aislada) han empezado a tratar a sus impositores como si fueran bultos sospechosos. Sea por una mala digestión del proceso hacia la digitalización total o por el brutal recorte de plantillas, lo cierto es que hay días en que los sufridos poseedores de una cuenta de ahorro son recibidos con una falta de espíritu colaborativo que para sí merecería el Vaquilla cuando se dedicaba a atracar sucursales a lomos de un SEAT 124.

Paradójicamente, este proceso de degradación del servicio bancario coincide con alud de magníficas campañas publicitarias. A través de las teles, internet, las radios y los periódicos, el sector lleva años machacándonos con mensajes en los que se nos quiere ofrecer su lado más humano y más cercano. Cabalgando entre la cursilería y la grandilocuencia, estos anuncios nos invitan a disfrutar de un contacto directo y de una amabilidad, que chocan frontalmente con la realidad de una atención al público que cada día que pasa hace menos honor a su nombre. Resulta inevitable pensar que las millonadas que los bancos se están gastando en estos potentes actos promocionales podrían emplearse en contratar más plantilla para así poder tratar a sus clientes como a personas.

Todo se remonta a la gran crisis de 2009. Nos encontramos aquí con una segunda paradoja. El desastre en el sector bancario (fruto del panorama internacional y de su propia locura especulativa) hizo que sobre él se volcarán miles de millones de dinero público, que en vez de traducirse en mejoras, se tradujeron en cierre de sucursales y despidos masivos. El banco del barrio desapareció como institución y con él, aquellos empleados que actuaban como auténticos confesores y asesores de personas que habían tenido allí sus libretas durante generaciones. Simultáneamente, se ponía en marcha un proceso de digitalización, en el que se despreció a millones de personas, que por edad o por falta de preparación eran incompatibles con las nuevas tecnologías, generándose una enorme bolsa de discapacitados financieros.

A partir de aquí, la banca nos ha metido en una pesadilla basada en el alcoyanísimo dicho “pagar pa patir”. El concepto cliente ha quedado reducido a añicos. Si una frutería tratara a sus compradores como los trata un banco, se arruinaría en menos de una semana. Personas que han depositado su confianza y los ahorros de toda su vida en una entidad bancaria reciben un trato distante y frío por parte de unas entidades carentes de la más mínima sensibilidad social; unos monstruos sin cara, que a pesar de su total falta de empatía, consiguen cerrar todos los ejercicios con beneficios millonarios.

El resto, ya lo saben ustedes: colas interminables para cualquier gestión, horarios inflexibles para sacar dinero en ventanilla que dejan a muchos ancianos sin poder cobrar el día de paga, supresión general de oficinas y cajeros que castigan a miles de barrios y a miles de pueblos pequeños a quedarse sin un servicio básico, horarios inflexibles para pagar recibos, complicación delirante de cualquier trámite que no se haga por internet y cobro masivo de comisiones por los actos más sencillos.

La modernidad se ha convertido en un efectivo pretexto para metérnosla doblada y lo peor del asunto es que en este caso concreto, nos la meten con nuestro propio dinero.

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