Todo se jodió a partir del gran descubrimiento. El día en que los presidentes autonómicos del PP se dieron cuenta de que gastarse el dinero en fichar tertulianos y en financiar medios amigos resultaba políticamente más rentable que contratar bomberos forestales y personal de emergencias la política española sufrió un cambio radical. Se acabó la gestión y empezó la propaganda a horario completo. Ante cualquier catástrofe o demostración de incompetencia, los gobiernos de las autonomías abjuraban de todas sus competencias y reunían a sus gabinetes de crisis con un único punto en el orden del día: buscar un culpable externo al que echarle las culpas y montar una potente campaña mediática para convencer al electorado de que ellos eran unas víctimas inocentes; lo de solucionar los problemas de una ciudadanía arruinada por unas circunstancias brutalmente adversas pasó directamente a la lista de asuntos secundarios. Era el verano de 2025, el fuego arrasaba media España y el incompetente Carlos Mazón había dejado de ser una vergüenza para el conservadurismo español para pasar convertirse en un ejemplo a seguir. Su bochornoso escaqueo en el drama de la DANA había creado escuela y todos los chicos listos del PP corrieron a reservar mesa en El Ventorro.
A lo largo de este verano, los ciudadanos de este país han asistido a una dolorosa demostración práctica de la nueva política. La exhibición de cinismo, de capacidad de mentir y de desprecio a la ciudadanía que han hecho los dirigentes del PP afectados por los grandes incendios forestales es el fruto de una estrategia perfectamente medida. Los protagonistas de esta historia actúan así porque entienden que sus actitudes no van a recibir ningún castigo por parte de un electorado voluntariamente aferrado a una posición ideológica inamovible. Actuaciones chapuceras que hace sólo una década habrían acarreado un alud de dimisiones, son digeridas ahora con absoluta normalidad. Echarle la culpa a Pedro Sánchez y al gobierno social comunista separatista es un pozo sin fondo en el que cualquier presidente autonómico medianamente inteligente puede esconder con garantías de éxito hasta sus peores cagadas.
Frente a esta táctica “infalible” pocos obstáculos efectivos puede plantear la izquierda que dirige el gobierno central. No hay manera humana de convencer a un público formado por ciudadanos cabreados que ya vienen convencidos de casa y que están dispuestos a tragarse sin pestañear hasta los peores bulos: desde la fulera prohibición de la limpieza de los montes, a prácticas propias de una película de Fu Manchú, como las de esos siniestros drones que recorren nuestros cielos provocando incendios con una especie de rayo mortal. Cualquier material, por infumable que sea, es bueno para descargar de culpas a las autonomías de derechas y derivar el desgaste político de este verano catastrófico hacia una administración central a la que le caen guantazos por todas partes hasta caer en un estado de estupor que la tiene convertida en un perfecto saco de boxeo al que golpear sin riesgos.
Puede que esta acumulación de sucesos provoque en breve una clamorosa victoria del PP o un avance descomunal de Vox. De momento, las consecuencias políticas de estos hechos son una incógnita. Lo que sí queda diametralmente claro es que la irresponsable actitud de los presidentes de las comunidades incendiadas deja seriamente tocada la credibilidad de la gestión y de la cadena de mando de las emergencias en este país. Ya nada será igual tras este triste verano de 2025. Ha desaparecido cualquier resto de lealtad institucional, se han borrado hasta las últimas huellas del espíritu de Estado, se ha hecho caso omiso de los mandatos de los estatutos de autonomía y cuando llegue la próxima catástrofe natural, aquí se aplicará la peor versión del sálvese quien pueda.
La política cada dia s’assembla més al futbol: Madrid-Barça. I ja pot fer el teu equip el que vullga que la culpa és de l’altre o, com a molt, de l’arbit.
I la postura del PP no és nova. Eixa manera d’actuar ja s’utilitzava en temps del seu fundador (Francisco Franco) amb la resposta a les crítiques socials: «Menos viajar y mas leer los periódicos»
En fí, és la creu que ens ha tocat portar.