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Pero… ¿hubo alguna vez 11.000 chulos?
Javier Llopis, 24/05/2018

Eran chulos, muy chulos. Llegaban a los pueblos y a las ciudades de la Comunitat Valenciana arrasando y haciendo gala ostentosa de su inmenso poder. Trajes elegantes bien cortados por un sastre de postín, gomina en el pelo, cuerpos trabajados en el gimnasio y ese paso seguro y altivo que siempre acompaña a los triunfadores. Mandaban sobre vidas y haciendas con ese aplomo de siglos que esgrimen los que siempre se han creído dueños del cortijo.

Eran chulos, muy chulos y parecían hechos con un troquel: vestían igual, hablaban igual, iban a los mismos restaurantes, se pavoneaban en los mismos yates y hasta usaban los mismos relojes de marca. Se parecían tanto entre ellos, que en algunos momentos resultaba difícil distinguirlos.

Valencia vivía un siglo de oro pijo y los despachos del “cap i casal” se llenaban de centenares de arribistas llegados desde todos los rincones de la geografía autonómica,  dispuestos a vender su alma al diablo con tal de meter cucharada en el pastel de la administración pública. El dinero fluía a raudales y aquella pandilla de “echaos p’alante” recorría el país a bordo de flamantes cochazos recogiendo aclamaciones y adhesiones inquebrantables. Eran los tiempos de “els diners i els collons son per a les ocasions”. Nada parecía imposible para aquella generación de chicos listos: parques temáticos delirantes en medio de un desierto, hollywoods a golpe de talonario, aeropuertos a la puerta de casa, carreras de Fórmula 1 y Calatrava, mucho Calatrava.

Eran duros, muy duros. No admitían ningún tipo de obstáculo en su fulgurante viaje hacia la riqueza y el lujo hortera. Aplicaron con mano maestra la versión política del “plata o plomo”. Sus enemigos fueron cayendo uno tras otro, víctimas del soborno más humillante o de una condena a muerte civil, que enterraba en las catacumbas de la irrelevancia hasta el más mínimo asomo de disidencia. Lo más florido de la sociedad les reía las gracias y les seguía la corriente, consciente de que allí había “mantecao” para todos. Empresarios, catedráticos de universidad, gentes de la cultura, políticos descolocados,  deportistas famosos y periodistas pesebreros se sumergieron felices en aquel mar de mierda, vendiendo su prestigio y su independencia a cambio de algún pedacito de aquella gloria hecha de mariscadas y de PAIs.

Durante un tiempo que se hizo eterno, del diccionario de la política valenciana desaparecieron conceptos como la ética y los principios morales. Sólo importaban los resultados. Se fijaban unos objetivos y cualquier medio para obtenerlos resultaba lícito. En aquel paisaje de inauguraciones milmillonarias y de fastos rutilantes se consideraban cutres y de mal gusto las escasas voces críticas que osaban cuestionar la legalidad o la moralidad del sistema. Éramos ricos y felices por decreto ley y sólo los traidores a la patria se atrevían a ponerle pegas a este estado de euforia permanente, cantado con magistral fidelidad a la partitura oficial por los entusiastas locutores de Canal 9.

Después, vino el espectacular derrumbe de aquel decorado de cartón piedra. Después, vino la ruina y aquellos perdonavidas con gesto de superioridad se transformaron en dolientes almas en pena, que desfilaban por los juzgados bajo el castigo de las cámaras de los fotógrafos y ante el escarnio de la ciudadanía. La tierra de las oportunidades se transformaba en zona devastada, mientras aquellos seres todopoderosos se centraban en la noble tarea de salvar el culo. Una aristocracia política se disolvía en el aire con la misma rapidez con que se había creado.

Día 22 de mayo de 2018. La Guardia Civil detiene en Valencia  a Eduardo Zaplana y el círculo se cierra definitivamente.  El guionista, director y actor protagonista de aquella superproducción de derroche e irresponsabilidad política, que llevaba años presumiendo de su habilidad milagrosa para sortear los juzgados, cae con pompa y circunstancia bajo la acusación de haber metido la mano en la caja. Nadie sabe nada. El PP tramita en tiempo record la suspensión de su antigua estrella política y los periódicos se llenan de “yo ya lo dije”. Nadie sabe nada. Aparecen conversos de debajo de las piedras, dispuestos a limpiar sus expedientes haciendo leña del árbol caído. Nadie sabe nada. La legión de colaboradores necesarios que hizo posible el desastre de la Comunitat Valenciana estaba formada por un grupo de marcianos, que bajó de un platillo volante  y que luego se volatilizó hacia una lejana galaxia.

Remedando el título de la novela de Enrique Jardiel Poncela, a uno le viene a la cabeza una pregunta inevitable: Pero..¿hubo alguna vez 11.000 chulos?.

 

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COMENTARIOS

  1. J. Sou says:

    Javier, senzillament, extraordinari. Així ha estat, ni més ni menys. I en tot moment i circumstáncia.

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