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Lo que queda del Molinar
07/03/2016

En poco más de treinta años, el conjunto arquitectónico del Molinar ha recorrido el camino que separa el patrimonio histórico de la ruina pura y dura. La joya de la arqueología industrial alcoyana es ahora un  paisaje de cascotes y de escombros en el que apenas se adivinan las siluetas de las viejas fábricas. Paco Grau hace su personal viaje por este universo de destrucción, de decadencia y de olvido.

Los efectos del tiempo y del abandono han sido demoledores para lo que fue el corazón industrial de Alcoy. En los años ochenta del pasado siglo, las fábricas del Molinar presentaban en general un buen estado de conservación. El tiempo parecía haberse parado en aquellos edificios desocupados, que conservaban su estructura intacta y en los que todavía era posible encontrarse con algún polvoriento despacho con todo su mobiliario. La zona se podía recorrer a pie sin apenas riesgos y no había que hacer un gran esfuerzo de imaginación para reconstruir sobre el terreno los recuerdos de un pasado industrial en el que este conjunto de fábricas jugó un papel central.

Aquella imponente catedral de chimeneas y de norias entró en un acelerado proceso de degradación provocado por las inclemencias meteorológicas, por el vandalismo y por la desidia con que los alcoyanos hemos castigado a una de las piezas más valiosas de nuestra historia. Los muros se fueron derrumbando, las techumbres cedieron ante el ataque de las lluvias y de las nevadas y las sólidas construcciones se fueron convirtiendo en una triste acumulación de despojos y de piedras sin sentido. La maleza fue invadiendo este escenario decadente y aquel intrincado laberinto de fábricas empezó a parecerse cada día más a esas misteriosas ciudades mayas comidas por la selva y por la soledad.

Vale la pena subrayar que mientras se producía esta ruina Alcoy generó centenares de debates y de estudios sobre la conservación y la divulgación de su patrimonio industrial. El desastre del Molinar ha venido acompañado por una sobredosis de literatura inútil y por una exhibición deprimente de la capacidad de una ciudad para darle la espalda a su patrimonio. La solitaria fábrica de Els Solers, rehabilitada y abandonada a su suerte, resume a la perfección esta situación. El único edificio que se ha intentado recuperar afronta el abandono y los destructivos ataques de los gamberros antes de convertirse en la última incorporación a la lista general de la ruina.

Los matorrales y la basura avanzan cada día un poco más en la destrucción de este pedazo de la historia de Alcoy. Las gigantescas fábricas en las que trabajaron nuestros padres y nuestros abuelos llevan décadas de derrota en derrota hasta convertirse en las víctimas colaterales del violento conflicto que esta ciudad incomprensible mantiene con su memoria. Del Molinar apenas queda nada. Las bandas de ladrones de chatarra se han llevado hasta el último resto metálico de las viejas máquinas  y los desperdicios se acumulan en todos los rincones. No hay marcha atrás. Este capítulo fundamental de nuestra biografía colectiva se ha borrado para siempre.

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