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Punto de vista
Cómo acabamos convertidos en una banda de cabrones egoístas
La batalla de las generaciones tiene gancho para los titulares, pero no es más que un burdo intento de aplicar el clásico divide y vencerás para desmontar el sistema de pensiones
Javier Llopis - 16/02/2026
Cómo acabamos convertidos en una banda de cabrones egoístas
Pandilla de boomers enloquecidos en pleno disfrute

Somos unos señores mayores que ya han pasado la frontera de los 65 años. Fuimos la primera generación de hijos de obrero que llegó a la universidad. La milagrosa capacidad de ahorro de nuestros padres, las becas, la accesibilidad económica de las matrículas y algunos trabajos veraniegos (desde recoger manzanas a hacer de machaca en alguna fábrica textil) hicieron posible el prodigio. La vida nos fue relativamente bien hasta que a partir de los 55 años las empresas empezaron a despedirnos en masa como si tuviéramos alguna enfermedad contagiosa, dejándonos en una situación de incertidumbre laboral que le pegó un buen bocado a nuestras pagas de jubilación. Aprovechando el tramo de prosperidad de nuestras vidas, logramos comprarnos un piso, darles una educación a nuestros hijos y los más afortunados hasta se hicieron con un apartamento en Bellreguard. Estábamos relativamente orgullosos de nuestra biografía, cuando de repente la gente empezó a mirarnos mal. Nos llamaban boomers y según ellos, éramos una banda de cabrones egoístas y peseteros, capaz de mandar a la miseria a varias generaciones de jóvenes españoles, con tal de conservar nuestras pensiones y nuestros viajes del Inserso.

Es difícil saber cómo llegamos a este punto delirante, es complicado explicar de dónde nace y porqué triunfa esta teoría absurda y fullera, que describe el mundo como una guerra entre generaciones. Ahí va, un modesto intento de arrojar un poco de luz para aclarar el misterio.

Para entender este montaje, hay que partir de una base incontestable: la capacidad que tienen el pensamiento neocon y el conservadurismo en general para lanzar teorías que justifiquen el derribo del estado de bienestar y que conviertan los servicios públicos en suculentos negocios para unos cuantos privilegiados (pobres más pobres para que los ricos sean más ricos). Las cabezas pensantes de la derecha han mostrado habilidad e imaginación a la hora de fabricar silogismos de manipulación que han cosechado grandes éxitos de crítica y de público. Sin ir más lejos, estos filósofos ventajistas han conseguido que un buen número de estadounidenses piensen que la sanidad pública y universal es un asunto de comunistas antipatrióticos, contemplando como algo perfectamente normal que un ciudadano del país más poderoso del mundo se arruine para sufragar los gastos de una operación de apendicitis. En nuestro propio país, también se han producido importantes triunfos de estos ilustres pensadores: la mayoría de los españoles se acaban de dar cuenta de que hay un gran problema de vivienda y a casi ninguno de ellos se le ha ocurrido pensar que se ha llegado a esta situación porque unos cuantos promotores se han hecho de oro vendiendo pisos a precio de caviar y unos muchos dirigentes políticos (de todos los colores) miraban hacia otro lado mientras congelaban cualquier proyecto de viviendas sociales y baratas. Cuestiones como los servicios sociales o la atención a nuestros mayores ya hace tiempo que caminan por esos derroteros liberales, transformando en humillante beneficencia lo que era un derecho adquirido o un acto de justicia.

Y en esto, llegó un grupo de pizpiretos intelectuales y puso sus ojos sobre el último pilar del estado social que quedaba en pie: las pensiones. Listillos y listillas con cara de enfant terrible empezaron a triunfar en los periódicos y en las tertulias con una teoría estúpida pero atractiva: los jóvenes españoles están mal por culpa de los viejos, nosotros tenemos que pagar una fortuna por vivir en un piso compartido mientras esos vejestorios tienen hasta casa en la playa, nuestros padres revientan sus paguitas comiendo mariscadas en Palma de Mallorca y nosotros apenas sí llegamos a fin de mes, es antinatural que un jubilado cobre más que un trabajador de 30 años. Acabado este destructivo repaso sobre la desvergüenza de sus mayores, estos genios de la manipulación proponen lo que ustedes estaban esperando: la única forma de conseguir que los jóvenes vivan mejor pasa por vaciarles los bolsillos a esta panda de abuelos ricachones y vividores.

Aunque parece que estamos ante un razonamiento redondo, hay que señalar que esta guerra de edades presenta importantes vacíos argumentales. En primer lugar, habría que llamar la atención sobre dos incomprensibles ausencias: a la hora de analizar la mala situación de los jóvenes españoles, estos finos analistas se olvidan de mirar hacia una clase empresarial que paga sueldos de miseria y que ha convertido la inestabilidad laboral en un instrumento perfecto de presión sobre los trabajadores; simultáneamente, también ignoran el papel de una clase política que ha permitido la precarización del empleo y que ha privatizado amplias parcelas de servicios públicos obligando a pagar por cosas que antes eran gratuitas o muy baratas.

El cuadro se completa con un garrafal error de diagnóstico. Pensar que el dinero procedente del “ansiado” recorte de las pensiones se destinaría a mejorar el nivel de vida de los trabajadores en activo es un ejercicio de candidez; un enorme engañabobos, que trata de distraer nuestra atención de lo realmente sustancial: aquí, de lo único que se trata es de reducir prestaciones sociales y de lograr que la gente acabe acojonándose y pagando planes de pensiones privados para que los bancos se pongan las botas.

La batalla de las generaciones tiene gancho para los titulares, pero no es más que un burdo intento de aplicar el clásico divide y vencerás. Los denostados boomers estamos ante la obligación moral de resistir y de denunciar públicamente los trucos de este gigantesco engaño. Si sucumbimos a esta poderosísima campaña de intoxicación acabaremos sumidos en la más inmerecida culpabilidad y admitiendo lo inadmisible: que una pensión es un lujo vergonzante y no el fruto de un magnífico sistema de redistribución de la riqueza que ha funcionado perfectamente durante décadas, permitiendo que millones de personas vivieran con dignidad la última etapa de sus vidas.

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COMENTARIOS

  1. Jorge says:

    Impecable artículo.
    Por favor, si alguien no está de acuerdo, aunque sea en algo, sería muy interesante que expusiera su opinión.
    ¡Máxima difusión!

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