Las calles de Alcoy están siendo el escenario de un proceso de reciclaje urbanístico, que a pesar de su espectacularidad no merece debates sociológicos ni enfrentamientos políticos. La conversión de bajos comerciales en viviendas es un fenómeno masivo, que algún día se estudiará en las universidades y que afecta de forma muy especial al centro y a la Zona Alta. Bares arruinados por la falta de clientes, supermercados derrotados por el empuje de las grandes superficies, antiguas mercerías cerradas tras la jubilación de la dueña o droguerías de barrio arrasadas por la competencia de las franquicias ven como sus locales dejan de acumular polvo para protagonizar una resurrección inesperada. Se quitan los carteles de “Se vende” y aparece una brigada de albañiles, que en cuestión semanas construye modernas cocinas en los viejos mostradores y transforma en habitaciones los espacios que antes ocupaba las mercancías.
Para llegar a esta situación ha sido necesaria la combinación de dos elementos. Por una parte, la fortísima crisis del comercio alcoyano, que ha convertido vías importantes de la ciudad en un paisaje de persianas bajadas y de negocios fracasados. Por la otra, el encarecimiento brutal del precio de la vivienda, que convierte la compra de un piso “tradicional” en una aventura imposible. Si a esto le añadimos, el tirón notable de los estudiantes universitarios y las expectativas generadas por el turismo, empiezan a verse claras las causas de esta fiebre: los propietarios de los innumerables bajos comerciales abandonados ven una posibilidad de rentabilizarlos, devolviéndolos a la vida mediante una inversión relativamente pequeña en obras de reforma. Se está abriendo un nuevo mercado. La mercancía que se ofrece son viviendas baratas ubicadas a ras de suelo.
Al margen de la descripción de esta realidad innegable, resulta inevitable hacerse una serie de preguntas sobre las perspectivas de futuro generadas por este singular tipo de vivienda. ¿Qué tipo de controles oficiales se establecen sobre la habitabilidad de unas casas sin apenas luz del sol, atrapadas entre la calle y un patio de luces?. ¿Estamos asistiendo a un proceso de degradación de la calidad de las viviendas, generando una oferta para las clases más humildes, que recuerda aquellos tiempos de posguerra en los que las familias más pobres vivían en “cellers” lóbregos y sin ventilación?. ¿Influirá este boom de los bajos comerciales en el mercado de la construcción, reduciendo la puesta en marcha de proyectos de pisos de toda la vida?. Son interrogantes cuyas respuestas se irán produciendo conforme pase el tiempo y estas viviendas vayan encontrándose con sus clientes. De momento, estamos ante una incógnita y ninguna autoridad competente parece decidida a hacer un análisis en profundidad sobre un asunto que lo merece.
Si estas iniciativas se ven coronadas por el éxito, acabaremos enfrentándonos con un paisaje distópico. Tendremos un urbanismo en el que los nombres y los números de las calles se verán sustituidos por las marcas comerciales de los establecimientos reformados. Oiremos frases del estilo: “Fulanito se ha ido a vivir al Bar Tropical, dice que en la casa todavía flota el aroma de los abisinios”, “menganito ha alquilado Tejidos La Sultana y vive allí como un señor en plena calle de San Lorenzo” o “conozco a una familia de mucha pasta que se ha comprado una antigua sucursal de la CAM y que tienen hasta habitación para el servicio y gimnasio”.