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Punto de vista
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Planes reactiva un viejo proyecto urbanístico fracasado junto al pantano con la urbanización la Joya, en el que una promotora extranjera prevé construir 500 viviendas
Javier Llopis - 02/03/2026
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Imagen aérea de lka zona de la urbanización, publicada por el diario El País

Pasan los años y no aprendemos nada. Corría la primera década del nuevo siglo y la comarca se convirtió en un alegre mercadillo inmobiliario. En medio del boom del ladrillo, crecían como setas los proyectos: campos de golf, hoteles, campings y urbanizaciones en Mariola, complejos de chalés en Benasau o Penáguila y hasta en las orillas del pantano de Beniarrés, en el término municipal de Planes, se planteaba la construcción de una megaurbanización. Todo se acabó allá por 2008 con la crisis inmobiliaria, las grandes apuestas para llenar nuestros montes de hormigón y de piscinas chocaron con la puñetera realidad y con la inexistencia de una demanda real. Los planos se metieron en los cajones para que acumularan polvo y nuestros pueblos volvieron a lo de siempre: a luchar en solitario contra el despoblamiento y a perder casi todas sus batallas frente unos gobiernos autonómicos y provinciales que han ignorado, ignoran e ignorarán cualquier problema estructural relacionado con el entorno rural.

Dieciocho años después, uno de estos zombis sale de su tumba. Vuelve a la vida la urbanización de Planes. Impulsada por una influencer Noruega se presenta bajo el nombre de “La joya de Planes. Aldea Ecológica Moderna” y prevé construir 500 viviendas y diferentes equipamientos para una “¿una comunidad holística?” independiente en la que vivirían extranjeros y que contaría incluso con seguridad privada propia. El proyecto, según informa el diario El País, se presentará la próxima semana y las obras podrán iniciarse en seis meses. Se harán por fases y se espera acabar en 2030. Esta actuación cuenta con el apoyo del alcalde del PP de Planes, Javier Sendra, que es también el número dos de la Conselleria de Infraestructuras.

Tras un paréntesis de casi dos décadas de duración, la bonanza del sector inmobiliario nos conduce al cuento de siempre: la única manera de que nuestros pueblos alcancen algo de prosperidad pasa por vender sus paisajes y por llenar sus sierras de chalés. El modelo que ha reventado nuestras costas se traslada al interior y la única posibilidad de futuro que se ofrece a los habitantes de las áreas rurales pasa por trabajar de personal de mantenimiento o de limpieza al servicio de estas colonias extranjeras del lujo.

Entre la paralización y la reactivación del proyecto de urbanización de Planes han pasado 18 años en los que no se ha hecho absolutamente nada. Las pequeñas poblaciones de l’Alcoià y El Comtat han visto como se cerraban líneas de transporte comarcal imprescindibles, como se desmantelaban colegios, como se retiraban cajeros automáticos y como se deterioraban servicios básicos, como la sanidad y la atención a los mayores. A lo largo de este tiempo estéril no se ha puesto en marcha ninguna iniciativa sólida para convertir el turismo rural en una alternativa económica real y tampoco se han desarrollado planes efectivos para potenciar nuevos tipos de agricultura para recuperar un sector que languidece entre el envejecimiento y la competencia de las importaciones. El proceso de degradación de estas localidades ha ido in crescendo en medio de presentaciones de planes estratégicos que al final, eran puros camelos. A la vista de este panorama, no es raro que prospere la teoría de que las urbanizaciones son la única salida para estas castigadas comunidades. Lo que nadie dice que es que estas operaciones son altamente traumáticas y tendrán un coste social y ecológico incalculable: no sólo se está vendiendo el paisaje, se está vendiendo una forma de vida que ha durado siglos, una cultura que desaparecerá del mapa para siempre, borrada por un interesado pelotón de vendepatrias dispuesto a sacrificarlo todo a cambio del dinero fácil y del éxito más fullero.

POSDATA. El proyecto de urbanización La Joya de Planes presenta un importante fallo en su planteamiento inicial. A los compradores se les vende el pantano de Beniarrés como si fuera un idílico lago alpino de aguas cristalinas. La realidad –cualquiera de esta comarca lo sabe- es que el embalse tiene aguas altamente contaminadas y en épocas de sequía se convierte en un maloliente charco fangoso cuajado de mosquitos. La publicidad de la urbanización hace sin querer una especie de chiste de humor negro y dice que las casas estarán “libres de tóxicos”.

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