Llega octubre y el cielo se desploma sobre nuestras cabezas. Aplicando una maldición secular y totalmente arbitraria, la lluvia elige una o dos comarcas de este país para convertirlas en un paisaje de destrucción. Durante unas horas o unos días, acaba cualquier asomo de normalidad y los habitantes de la zona afectada abandonan las seguridades del siglo XXI para hacer un viaje de regreso a aquellas épocas sórdidas de la Historia en las que el ser humano se tenía que enfrentar con los elementos a pecho descubierto. El agua y el barro convierten estas luminosas tierras mediterráneas en un escenario tétrico en el que se pierden vidas y haciendas, en medio de una nube hecha de lágrimas y de impotencia. Llegan los políticos con gesto compungido, anuncian grandes inversiones y juran por lo más sagrado que estos desastres no se van a repetir en el futuro. Las páginas de los periódicos se llenan de fotografías de valencianos heroicos, achicando agua de sus casas destruidas por el fango, en las calles se acumulan muebles y electrodomésticos convertidos en un decorado mugriento que contribuye a realzar el dramatismo de la escena. Durante unos días, los más floridos escritores de la prensa nacional dedican emocionados panegíricos a la capacidad que tiene este pueblo para resurgir de sus cenizas y para recuperarse de las peores desgracias.
Pasan las semanas. El circo de las teles y de los periódicos estatales abandona la zona de conflicto en busca de nuevos argumentos para mantener viva la llama de la información-espectáculo. Pasan los meses y volvemos a lo de siempre. ¿Qué qué puñetas es lo de siempre?. Pues lo de siempre es una lucha eterna entre el saqueo del territorio y la sensatez; una batalla a vida o muerte, que se desarrolla en la Comunitat Valenciana desde hace casi un siglo. Apenas apagados los últimos estertores de la tormenta, empieza la discusión. Ajenos a cualquier referencia al cambio climático, promotores urbanísticos, cámaras de comercio, patronales y poderosos partidos políticos volverán a exigir lo de siempre: hoteles gigantescos en zonas inundables, urbanizaciones que convierten los montes en una telaraña de chalés, polígonos industriales que cortan viejos barrancos y permisos para construir en primera línea de playa. Son voces llenas de autoridad y de certezas, que consideran que cualquier crítica a este destructivo modelo es un ataque a la prosperidad y a la generación de riqueza. Mientras en las hemerotecas empiezan a criar polvo los periódicos con imágenes de gente llorando ante casas inundadas, estos voraces practicantes del canibalismo territorial van convirtiendo en realidad muchas de sus propuestas y participan vestidos de punta en blanco en las solemnes inauguraciones de campos de golf y de resorts de lujo.
Vuelve a llegar octubre y el cielo vuelve a desplomarse sobre nuestras cabezas. Se repite puntual la hecatombe. Casas y negocios destruidos vuelven a llenar los telediarios. Las administraciones gastan millonadas de dinero público en paliar los efectos del temporal. Los grandes promotores inmobiliarios y las empresas de obras se miran el asunto desde una distancia tranquila y sin el más mínimo gesto de remordimiento. Tienen motivos para no sentirse alterados: al fin y el cabo, ellos tienen sus fortunas perfectamente seguras en sus cuentas bancarias y el pago de los desastres causados por su desvergüenza se hará con el dinero de los impuestos de todos los contribuyentes. Incluso, hasta con un poco de suerte, a estos ciudadanos ejemplares les pueden encargar alguna obra de reparación y así se sacarían unas perrillas extra.
Esta es, a grandes rasgos, la cronología de las riadas en la Comunitat Valenciana. Como ustedes mismos habrán podido descubrir se trata de una cronología de mierda; un bucle interminable en el que siempre ganan los mismos y siempre pierden los mismos.