El milagro de Tirisiti
Javier Llopis

Es un milagro de Navidad. En un país que tiende a envolver cualquier manifestación cultural con toneladas de pretenciosidad y de pedantería, la existencia de algo como el Belén de Tirisiti es un hecho milagroso, que sólo se puede atribuir a una mágica conjunción de elementos positivos. En Alcoy, capital mundial del “flato” y del exceso festero, resulta aún más inexplicable la supervivencia de este humilde teatrillo de marionetas, que cada año atrae sin apenas promoción a miles de personas de toda la Comunitat Valenciana. Cada mes de diciembre, cuando el ventero se pone en marcha y empieza a contarles a los niños sus delirantes historias de toreros y de globos estrellados, queda demostrada una verdad incontestable: lo sencillo funciona, las tradiciones son una garantía de éxito cuando se conservan desde la sensatez y el respeto.

A lo largo de más de un siglo de historia, el Tirisiti ha sido capaz de sortear todos los peligros. En más de una ocasión ha estado al borde de la desaparición, a causa del desprecio ciudadano que durante mucho tiempo lo consideraba una pieza menor de nuestro patrimonio. También ha sufrido golpes importantes durante épocas en los que la mercantilización y la falta  de rigor lo convirtieron en una caricatura de sí mismo.  De la mano del Ayuntamiento y de la compañía La Dependent entró  hace casi un cuarto de siglo en una fase de consolidación y de dignificación en la que todavía se encuentra actualmente. Han sido años de expansión, en los que el Belén se ha convertido en una marca muy potente, que ha roto las fronteras de Alcoy y que ha logrado llegar a todos los rincones de la Comunitat Valenciana. Ni siquiera en este periodo ha estado a salvo de riesgos: mantener intacta la fórmula tradicional no ha sido fácil, en medio de un ambiente en el que los políticos de turno sienten siempre la tentación de sacarle todo el jugo posible al caballo ganador, convirtiendo cualquier suceso cultural en una demostración de colosalismo y de vacía prosopopeya.

El Tirisiti ha salido intacto de una serie de guerras en las que otras manifestaciones culturales y festivas han acabado sucumbiendo hasta perder sus señas de identidad y su conexión popular. ¿Cuál es el secreto de este centenario retablo navideño?. La respuesta a este interrogante nos llega por tres vías distintas. En primer lugar, hay que referirse a los insólitos niveles de complicidad que tienen todos los alcoyanos con el Belén, que se ve como algo propio, como un elemento imprescindible de la Navidad, cuya desaparición o cuya adulteración alcanzaría tintes de auténtico drama nacional. En segundo lugar, nada de esto se entendería sin la intervención de la compañía teatral La Dependent, que desde 1990 –arrancando con los inigualables diseños de Alejandro Soler- ha asumido las representaciones y se ha convertido en el principal guardián de las esencias y de la dignidad de una pieza única de nuestro patrimonio colectivo, hasta convertirla en un elemento cultural de primera magnitud, que se ha integrado en el inconsciente colectivo de la ciudad como un verdadero motivo de orgullo. Finalmente, también hay que tener palabras de elogio para los políticos locales, que en este caso concreto han resistido todas las tentaciones de protagonismo, han dejado trabajar con absoluta libertad a los profesionales y se han limitado a poner los medios necesarios para que la función continúe.

El Tirisiti funciona como un reloj y la mejor prueba de ello es un hecho importante, que a la mayoría de los alcoyanos nos está pasando inadvertido: por algún extraño misterio, el belén no se ha visto afectado por ninguna de esas apestosas y estériles polémicas, que durante años han venido enmerdando hasta el último rincón de la vida social de la ciudad; desde las Fiestas de Moros y Cristianos, a la cultura, pasando por  el urbanismo o la gestión de nuestros parajes naturales. Con su centenaria carga de mala leche, el diabólico ventero vuela con su globo por encima de nuestras miserias y ha conseguido algo que parecía imposible: ponernos de acuerdo a todos los alcoyanos. Esta marioneta se merece un homenaje; pero dado su proverbial mal carácter, lo más seguro es que acabara mandándonos a todos a la mierda. Así, que lo mejor es dejarlo cómo está: perfecto.

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